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Un año viviendo en una isla griega entre mitos, mar y magia
Una de las cosas que siempre me resultó curiosa es cómo, cuando vivíamos en Roma, amigos y conocidos no paraban de preguntarme cómo era vivir allí. Y yo no sabía bien qué contestar… Seguía siendo una vida en una gran ciudad, no tan distinta a mi vida anterior en Buenos Aires.
En cambio, desde que nos mudamos a la isla de Creta, nadie me pregunta cómo es vivir en una isla griega. Como ya conté en la entrada anterior, sí me preguntan cómo llegamos hasta acá, el porqué… pero no sobre la cotidianidad. Será que, para los lugares donde no tenemos un imaginario construido, la curiosidad se apaga porque escapa a nuestra lógica?
Y justamente acá es donde tengo tantas cosas distintas para contar. Así que bueno… no preguntaron, pero ahí va.

Primera foto en Creta
Creta
Una vez tomada la decisión, empezamos a buscar en el mapa dónde estaba Creta y dónde quedaba Gournes, nuestro futuro pueblo.
Creta es la isla más grande de Grecia, la quinta del mar Mediterráneo (después de Sicilia, Cerdeña, Chipre y Córcega) y el extremo más austral de Europa en este mar. Está frente a las costas de Libia y Egipto, y muy cerca de Turquía, con la cual comparte historia: tras la Catástrofe de Esmirna (1922), miles de griegos refugiados llegaron aquí.
No forma parte de ningún archipiélago —Creta es, en sí, una gran isla—. El conjunto más cercano son las Cícladas, con Santorini a solo 1 hora y media de ferry.

Dónde está Creta? Fuente: https://www.rojocangrejo.com/guia-basica-para-viajar-a-creta/

Última parada antes de África
La isla tiene unos 640.000 habitantes y su capital, Heraklion, concentra alrededor de 180.000 (es la cuarta ciudad más grande de Grecia). Es muy turística, sobre todo para los países nórdicos, que buscan aquí un verano interminable de sol non stop y espléndidas playas. Literalmente, en la estación estival, podés tener unas vacaciones sin una nube ningún día!
El oeste de la isla, encabezado por Chania, gira en torno a su antiguo puerto veneciano. En esa zona está Elafonissi, la playa que TripAdvisor posicionó como número 1 en el mundo en 2025: arenas rosadas y aguas impolutas. Nuestra preferida, sin embargo, está al lado y es menos conocida. Te la susurro bajito para que no se corra la bola: Kedrodasos.





Otra joya es el palacio de Knossos, cuna de la civilización minoica y supuesto hogar del famoso laberinto del Minotauro. Pero lo cierto es que en toda la isla hay ruinas arcaicas por doquier.
En fin, suficiente de Creta. Con esto ya te das una idea; en otro post te puedo contar más sobre sus atractivos.

El famoso Palacio de Knossos . Fuente: https://www.rojocangrejo.com/guia-basica-para-viajar-a-creta/
Aterrizar en otro mundo
El 31 de julio aterrizamos en Heraklion. Desde el avión se veía el rompecabezas de tierra sobre el mar. Intentando descifrar letras desconocidas y mediante lenguaje de señas, logramos tomar un taxi.
En el trayecto íbamos con los ojos como huevo frito, intentando procesar las primeras impresiones: un mar azul profundo a la izquierda, y rojizas colinas en el resto del panorama. Paisajes que parecían escenario de antiguos filósofos.
Quince minutos después llegamos a Gournes, un puñado de casas con una rambla y restaurantes frente al mar. Nos recibió Manolis y quedamos encantados con la casa recién renovada. Un lujo, viniendo de Roma: jardín, balcón… ¡y a 100 metros del mar!
En Roma, nuestro requisito era estar cerca del metro. Acá, en cambio, estamos rodeados de calles de tierra, huertos y cañaverales como veredas, y la única parada de bus queda a 15 minutos caminando. Vaya cambio de prioridades…

Atardecer en Gournes
Nómades digitales y cotidianidad
Sin darnos cuenta, nos convertimos en nómades digitales. Podemos trabajar desde donde queramos, siempre que haya buena conexión a internet —algo nada garantizado en la isla—. Lo resolvimos con dos aliados: Starlink (el internet satelital de Elon Musk) y un coworking en la ciudad.
Allí conocimos gente interesante, con la que tejimos lazos que nos hacen sentir un poco en familia. Todos llegaron a la isla por distintos motivos: por un marido griego, por regresar al hogar tras años fuera, o tras una separación, por ejemplo. Otros son visitantes ocasionales, cada uno con una interesante historia por contar.

Amigos del Comete Creative Space, nuestro coworking
También empecé a aprender griego, lengua que deseaba a mis diez años y que parecía “inútil” según tantos… hasta que la vida me trajo acá.
Nuestra rutina: empezar el día con un chapuzón en el mar y terminarlo con una caminata nocturna por la rambla. Cenar en el jardín iluminado con lucecitas o hacer un picnic sobre la arena a la luz de la luna.
Los atardeceres son de los más hermosos que vi: el sol baja como un disco incendiado, en perfecta forma circular, hasta fundirse en el mar o la montaña. Desde nuestra playa, vemos colinas de distinta topografía. Una más cónica, otra que parece un cráter de un volcán, y una tercera que parece más una ladera. Todas en distintos planos, creando un escenario 3D que a la luz del atardecer queda envuelto en un halo onírico. De todas maneras, la mejor parte empieza cuando se esconde el sol. Un fulgurante resplandor primero rosa, naranja, luego rojo intenso, y por último violeta, se resiste a que lo devore la oscuridad de la noche. Pero ahí empieza otro espectáculo: las estrellas y el reflejo de la luna en el agua.

Atardecer sin filtro
Los fines de semana salimos de road trip, verdaderos beach hunt, siguiendo las recomendaciones de Fotini, mi compañera cretense de Pole dance, experta en playas. Y siempre aparece un rincón secreto. A veces pienso que no somos nosotros los que buscamos las playas, sino que son ellas las que nos encuentran, escondidas como ninfas esperando ser descubiertas.
En esos andares, la pausa suele llegar con un pulpo fresquísimo acompañado de fava —ese puré de habas tan local— servido en una taberna familiar sobre la arena, en un pueblito de apenas tres calles.

En algún lugar de Creta...
Sofía, Dimitri y nuestros pequeños amigos
Una de las primeras cosas que notamos fue el culto a la hospitalidad cretense. Desde la primera cena en la rambla, cuando al pedir la cuenta nos trajeron gratis postre y raki (ese licor transparente que parece agua, pero quema como fuego).
La sociedad es muy conservadora y la tasa de criminalidad es cercana a 0. Cuando compramos el auto, nos dieron las llaves para probarlo solos. Incluso ya no nos sorprende ver las motos de los delivery en marcha mientras el chico recoge el pedido.
Nuestros vecinos más cercanos son Sofía y Dimitri, de 73 y 80 años, con energía de 30. Sofía es la abuela que el destino nos puso en el camino, tejiendo con cada plato de comida o invitación un lazo invisible de ternura. Muchas veces nos llama cuando Dimitri se embarca en faenas temerarias como bajar un panel solar del techo.
De noche nos cruzamos con ella paseando a Fíficas, su perro, y charlamos de la vida o de nuestros gatitos antes de despedirnos con un “Καληνύχτα” (kaliníjta, buenas noches). Quizás esa cercanía explica el secreto de longevidad de estas zonas azules., y ojalá nos la contagie!

Con nuestros vecinos, Sofia y Dimitri
Ah, sí, sin premeditarlo, tenemos dos gatitos: Jambo y Dudi. Jambo nos adoptó de bebé, buscando una familia. Dulce y dócil. Al poco tiempo apareció con Dudi, un mini clon suyo, más escurridizo e incivilizado, pero igualmente entrañable. Nos llenan los días de amor… y la casa de pelos.

Jambo & Dudi
Invierno, montañas y capillas
En invierno recorrimos la montaña, con pueblos semiabandonados donde los viejos observan la vida pasar desde su silla, ubicada en estrechísimas veredas. Los costados de cada camino están inundados de campos argentados, productores del exquisito aceite de oliva cretense.
Por todas partes, pequeñas capillas de cúpulas suaves, con enigmáticas pinturas iconográficas en su interior.Y en los márgenes de la carretera, mini capillitas: exvotos para los viajeros o recordatorios de quienes partieron.
Aunque cueste creerlo, en las cumbres altas sí nieva en Creta.

Mini capilla al costado del camino
Terremoto, vientos y polvo: cuando la naturaleza tiene el control
La isla vive marcada por la naturaleza. A veces se presenta en forma de agradable brisa marina; otras, como vientos huracanados que obligan a cancelar vuelos y replegarse. El viento del norte es el Meltemi. El del sur lo conocimos primero como una súbita e inesperada oleada de aire exageradamente cálido en el medio de una cena junto al mar, en pleno abril. Y se hizo notar más cuando a los pocos días nos levantamos en Marte: todo alrededor completamente cubierto de polvo rojizo, arena del desierto del Sahara viajando miles de kilómetros para recordarnos que nada sucede en un lugar sin resonar en otro. La naturaleza sabe de equilibrios más que nosotros.

Arena del Sahara
La experiencia más fuerte fue un terremoto de casi 7 grados. La cama saltaba, la tierra rugía desde sus entrañas. Con mi sueño pesado, enredada en brazos de Orfeo, sólo pensaba: “qué esta disturbando mi preciado sueño?”, hasta que sentí a Mike abrazándome con fuerza para protegerme. No sabíamos si quedaría en anécdota o tragedia. Por suerte, lo primero. El susto duró días, con réplicas, y hasta el fantasma de un posible tsunami.
Y ahí comprendí algo: incluso en lugares con criminalidad cercana a cero, donde uno camina sin miedo, la vida nunca está libre de riesgos. La naturaleza se encarga de recordarnos nuestra fragilidad. Nos creemos al mando, pero en realidad no controlamos nada. Tal vez la única elección posible sea cómo nos dejamos sacudir: ¿con miedo… o con la humildad de aceptar que la tierra también respira?

Giulio Boccaletti es ex Director de Estrategia y Embajador Global para el Agua en The Nature Conservancy.
Santorini
En Pascua fuimos a la célebre isla de Santorini. Que de paso te cuento que la religión más difundida en el país es la Iglesia Ortodoxa Griega. La Semana Santa tiene más protagonismo que la Navidad.
Yo ya había estado en 2015 y me sorprendió cuánto se masificó desde entonces. Pero en abril estaba perfecto: sin multitudes, con ese lujo sencillo tan griego. Y recorriendo sus blancos caminos, me percaté de algo. Estaba rodeada de naturaleza con artificialidad, pero qué lindas cosas que puede crear el hombre!

Ritual de Pascua en Santorini
Entre esas casas blancas y cúpulas azules descubrí un lujo que no ostenta. El lujo en la simpleza. Me emocioné porque también descubrí cómo nuestra vida poco a poco se iba desenredando de la complejidad a la que estábamos acostumbrados y dando lugar a la simpleza que nos proponía este rincón del mundo: pies descalzos sobre la arena, pelos despeinados, ropa ligera… La autenticidad de los pueblos, incluso en su conservadurismo y ortodoxia.
Me acordé de aquel reality “The Simple Life” con Paris Hilton y Nicole Richie. Pero acaso no es justamente en la simplicidad donde reside la felicidad?

Atardecer en Santorini

A pesar de las comodidades, nuestra vida moderna se complejiza cada vez más. Y si la clave de la felicidad estuviera en volver a lo simple?
Restableciendo conexión
Justamente la mayor revelación fue darnos cuenta de cuánto necesitábamos volver al origen: flotar en el agua, caminar descalzos, perdernos entre cañaverales, toparnos con cabras de montaña. Reconectar con la naturaleza, con la vida sencilla, con nosotros mismos; Con la autenticidad de lo cotidiano, y con la magia de abrir los ojos cada mañana y enterarnos como si fuera la primera vez, de lo hermosa que es la vida.

Encuentro cercano del tercer tipo - 🐐 vs. ♑

Diálogo del libro "Amy, el Niño de la Estrellas", de Enrique Barrios
El fin de semana pasado acampamos tres días en nuestra playa favorita. Ese lugar único tiene un bosque que se funde con la arena, un preludio mágico antes de llegar al mar. Instalamos la carpa allí mismo, sobre la arena, frente al horizonte. Sin baños, sin duchas, sin kioscos. Solo la naturaleza y nuestra existencia, casi desnuda. Y bajo la luna llena, enorme y brillante, a punto de ser eclipsada, sentimos que teníamos todo.

Camping sobre la playa

Claro de luna sobre el mar
Quién diría que, en otro idioma y otro alfabeto, lejos del cotillón y los flashes, encontraríamos esta libertad. Sin tanto ruido, sin tanto artificio, volvemos a escuchar lo esencial.
Y en esta quietud, priorizando el disfrute —que no fue inmediato, ya te contaré— la vida se desenreda como el hilo de Ariadna, mostrándonos que el verdadero laberinto nunca estuvo afuera, sino dentro nuestro.
¿Qué pasa cuando dejamos de correr detrás de lo que creemos indispensable y nos quedamos con lo que de verdad importa?
¿Qué sucede cuando dejamos que el sol, el mar y las montañas nos enseñen a vivir sin prisas?
¿Y si la salida del laberinto moderno fuera volver a la simpleza?
Gracias por acompañarme a surfear esta ola. 🌊✨

La vida es hoy, el mañana nunca llega
Mi Flor!!! Acabo de leer tu post pasado y este. Me encanta como narras, esa es mi Amiga! Me siento identificada, tu sabes cómo es mi vida, un plan inconcluso lleno de imprevistos que me hacen reconocer lo flexible y resiliente que puedo llegar a ser. Besos, gracias por alegrar mi tarde con tus relatos ligeros y suculentos a la vez. 😘😘😘
Hola Mi Soni hermosa! 💛
Qué alegría leerte por acá. Me hace feliz que mis relatos te acompañen y te saquen una sonrisa.
Vos sos la reina de la flexibilidad y la resiliencia (y la paciencia!), así que tus palabras me llegan el doble.
Brindo por esos planes que se reescriben y por la magia que se cuela en los imprevistos.
Te mando un abrazo gigante y otro beso de esos que cruzan océanos. 😘✨