Vuelta por el Universo

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La noche del jueves 29 de enero de este año (2026) dicen que el cielo cordobés, allá en las sierras, fue atravesado por un cometa… o una nave… un objeto volador no identificado que surcó la noche estrellada serrana. No sabemos qué o quiénes estaban adentro, pero sí sabemos a quién le dieron la bienvenida en su interior y se lo llevaron a otras dimensiones, donde realmente pertenecía. Seguro ascendía sonriendo: por fin, una prueba irrefutable.

Lo conocí en 2023, era marzo. Me habían hablado mucho de él, e insistido que lo tenía que conocer sí o sí. Así que un día coordinamos una visita con mi mamá. Llegamos a su casa en una esquina de Jesús María. No hizo falta tocar el timbre, nos esperaba en el jardín delantero. Se notaba la alegría y la expectativa ante el recibir visitas.

A simple vista, Emir era un viejecito con anteojos, enérgico a pesar de sus casi, o más, de 90 años. No perdió el tiempo: habíamos ido para algo, y él estaba ansioso por comenzar. Luego de un breve saludo introductorio, logró desviar nuestra atención de Luisa, su mujer. Dejó las facturas que llevamos de lado - asuntos muy mundanos comparados con lo que estábamos por descubrir - y nos ofreció una silla al frente de una computadora. No terminamos de acomodarnos y ya comenzó su presentación, con la seriedad que semejante tema requiere. Forzadas a una precoz atención, seguimos cada palabra que nos contagió su pasión. 

Con cada imagen que aparecía en la computadora -y que complementaba con fotos impresas con bordes amarillentos o recortes vetustos de diario que sacaba de una pila de papeles- se explayaba en una historia oculta. Como si esos fotogramas de paisajes oscuros con borrosas, dudosas y a veces hasta casi imperceptibles esferas de luz, que hubieran pasado desapercibidos para cualquiera, cifraran un mundo desconocido ante la mirada desnuda de un ocasional espectador. 

Nos contó de aquellas noches de avistajes, muchas; desde la primera luz enceguecedora en una ruta cuando viajaban en auto, pasando por las observadas en su casa de Jesús María en días del famoso festival -pero muchos eneros atrás-, hasta traspasando fronteras con las pompas brillantes que aparecían en las fotos de su viaje a Italia, flotando sobre el Coliseo romano. 

Y luego, las luces parecían perseguirlo. Él respondió al llamado y se volvió devoto a ellas, como si lo hubieran elegido para investigar verdades más elevadas, sólo accesibles a los que estaban dispuestos a creer. Muchas personas acudían a él buscando que los ayude a sanar sus dolencias. El llamado parecía haberlo dotado también de este don.

Las fotos seguían pasando, y él revelándonos cada historia detrás, como si fuera el portero a ese otro mundo. Un Hermes, un Mercurio de otra dimensión que, por un momento, nos invitaba a traspasar umbrales. El escepticismo que parecía cegarnos al principio y que sólo veía paisajes mal revelados o accidentales manchas de luz en las fotos, iba quedando atrás gracias a este guía que con cada historia se volvía más iridiscente y nos acompañaba a mundos maravillosos. Mundos que existen acá mismo, en este plano, pero que sólo algunos se atreven a creer.

Su relato saltaba de época en época con una naturalidad desarmante: encuentros secretos, invocaciones, sesiones donde se canalizaban mensajes y predicciones que nunca eran literales, siempre simbólicas, como si el universo hablara en clave. Nos habló de Jesús y otros maestros interestelares. Por momentos, se mezclaban los planos y las eras. Flotábamos en otra línea de tiempo, en otro espacio. Nos hablaba de misticismo como si de ciencia se tratara. Un adelantado a su tiempo, indudablemente, al tanto de todas las novedades en el tema. 

Relataba sobre un místico peruano, y otros personajes que iban apareciendo en escena: difícil por momentos entender quién era quién. Pero no era porque le faltara lucidez a él, que de hecho, le sobraba. Más probable es que nos faltara a nosotras, que no lográbamos terminar de procesar toda la información. A veces sólo nos mencionaba apellidos, como si de una eminencia se tratara, pero luego horrorizado se daba cuenta que nosotras no sabíamos de quién hablaba. Procedía a hacer doble click en otra historia totalmente nueva. También, por momentos, temblequeaba su tono solemne para dejar paso a la emoción. Los ojos se volvían más brillantes al recordar a algunos de aquellos amigos que ya no estaban en este plano. 

Para Don Emir, todo era certeza. A esa altura ya no era información, era su mundo. A través de sus ojos, de cómo el observaba la vida, y de sus relatos, llegabas a creer, y por ende también ver. Hay gente que se vuelve más pequeña con los años. Emir no. Emir se agrandaba. Se expandía. Se iba volviendo más niño creyendo en la magia y lo inexplicable; y más viejo en la paciencia de, así y todo, explicar, una y otra vez, lo que otros miran y no ven.

 

Cuando fuimos a visitar a Emir y Luisa

 

No lo volví a ver. Pero quedó habilitado a enviarme más información por WhatsApp. Muchos de los videos que me compartía eran entrevistas que le habían hecho en distintos medios. Y ahí aparecía Emir, con las mismas fotos y recortes, contando las mismas historias que con mi mamá tuvimos el honor de escuchar en exclusiva, sin compartir el momento con miles de oyentes o espectadores. 

También sabía que otra de sus pasiones eran las radios antiguas, y que las arreglaba, o frankesteineaba, quien sabe si quizás planeando un medio de comunicación con el más allá.

Pienso en su casa esa tarde. En la esquina. En el jardín delantero donde nos esperó sin que tocáramos timbre. En su mujer adentro, en las facturas, en la computadora apagada por primera vez en mucho tiempo. Pienso en el escritorio sin el movimiento de manos buscando papeles, sin ese “mirá, mirá esto” que te pedía atención como si te estuviera dando una noticia urgente del cosmos. Y me lo imagino a él, por fin del otro lado, sin necesidad de pruebas. Sin recortes, sin bordes amarillentos, sin entrevistas, sin el peso de traducir símbolos a un idioma humano. Como si, al fin, hubiera podido cruzar sin pedir permiso ese umbral y pudiera ver con la vista completa. Una especie de regreso.  

El jueves 29 de enero le llegó la hora de dar una vuelta por el Universo. Esa vuelta que, seguramente, su mente inquieta y curiosa ya había recorrido mil veces, mientras aún estaba atado a este plano, un plano que le quedaba chico. Como si el pujante globo de helio por fin fuera dejado libre para volar al espacio infinito. Esa noche, dicen, el cielo se abrió apenas. Y por un instante, Córdoba pareció más mágica.

Y a los que nos quedamos acá, con nuestras cosas mundanas, nuestra ciencia estricta, nuestra exigencia de pruebas y nuestros relojes tan serios, nos dejó como herencia la pasión y curiosidad sin importar la edad. Y por supuesto, la sospecha de que hay más. Que el mundo no se termina donde termina nuestra vista. Que a veces una mancha de luz en una foto puede ser sólo una mancha… o esconder una historia llena de magia.

Al infinito y más allá Emir! 🖖👽🛸

 

Popita de Creta 🧜🏼‍♀️

 

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About Popita de Creta

Hola! Soy Flor. Diseñadora, amante de los colores, exploradora incansable, eterna estudiante, aprendiz de astróloga y aspirante a escritora. Podría seguir sumando etiquetas, pero... Acaso no terminan limitándonos? Al final, simplemente somos. Y eso, creo, es lo que realmente importa.

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2 thoughts on “Vuelta por el Universo

  1. sergio dice:

    Muy lindo relato

  2. Maura dice:

    El Universo nos envuelve, es inmenso. Todas las personas amadas ausentes físicamente lo habitan y desde allá nos mandan señales. Porsupuesto que creo.

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