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Diciembre 2012
Volvía manejando a mi casa, tarde, bajo una espesa lluvia. Me había quedado más tiempo del que hubiera querido en la marca de moda donde trabajaba para dejar todo organizado antes de mi partida, al día siguiente, al Sudeste Asiático por tiempo indefinido. Ese viaje era un sueño largamente esperado, pero ahora que estaba por suceder, no tenía ni tiempo para organizar los preparativos, por lo que me estaba yendo a lo desconocido. Llevaba dos semanas non stop para dejar todo listo. Creo que me carcomía la culpa de haber renunciado con poca anticipación, ya que el viaje fue decidido a último momento.
Estaba apurada por llegar a mi casa, ya que aún tenía que preparar todo y mi prima—recién llegada de Córdoba y con vuelo al mismo destino, aunque distinto itinerario— me esperaba hacía horas. Intentaba comunicarse conmigo, sin éxito.
De golpe, no podía respirar. Un llanto desconsolado emergió desde vaya uno a saber qué profundidades donde estaba reprimido. Me ahogaba y me faltaba el aire. No entendía qué me pasaba y no sabía qué hacer. Pude estacionar al costado de la calle, y llamé a uno de mis mejores amigos. No tengo muy claro si entendió lo que me pasaba, porque yo tampoco podía explicarlo. Me pidió que intentara llegar a su casa. Imposibilitada de tomar decisiones por mi cuenta, agradecí que alguien me diera instrucciones.
Miré el tanque de la nafta: en reserva, desde hacía cuánto, ni idea. Parar en una estación de servicio no era opción en ese estado. No me sentía en condiciones de contacto con ningún ser humano, menos un extraño. El celular seguía sonando, y la cara de mi prima aparecía en la pantalla. Lo que menos quería era que me viera en esta situación y contaminar la vibra del viaje que estábamos por hacer.
No sé cómo, llegué de Martínez a Palermo sin nafta. Mi amigo me abrió la puerta, y me abandoné en un abrazo. Me dio un vaso de agua y espero a que me calmara.

Ya en el Sudeste Asiático
Lo que te omití hasta ahora es que en el trabajo, además de mi exigencia por dejar todo listo, había cambios poco transparentes e incorporaciones en áreas donde ya existíamos. Cada día intentaba sostener emocionalmente a mi jefa, que sentía que la querían desplazar.
Los últimos meses, mi tiempo libre era inexistente. Toda hora fuera del trabajo era usada para terminar mi tesis de grado, aplazada por muchos años. La presenté esos últimos días de diciembre, y tuve que enfrentar a profesores poco amigables que más que evaluarme, me juzgaron e increparon por decisiones personales como irme a vivir a Buenos Aires antes de terminar mi carrera. Decisión de la que nunca me arrepentí ya que gané una gran experiencia, muy difícil de igualar en la Córdoba de aquella época. Salí llorando, no de emoción, sino de alivio mezclado con agotamiento. El viaje al sudeste era el premio por cerrar la etapa tesis.
A eso se sumaba la incertidumbre de salud por un tema inesperado, de gravedad incierta. Tener un buen plan en una prepaga, no evitó el destrato de muchos profesionales, que no habían querido atenderme dada la complejidad de lo que me ocurría. Sentía una gran desazón e incertidumbre. Te spoileo que al final no fue nada grave y todo se resolvió, pero eso fue más adelante.
Incluso antes de la idea de ese viaje a Oriente, ese diciembre se me ocurrió que quería ser azafata. Me presenté en una convocatoria de Fly Emirates. En los mails y primeras entrevistas, todos matcheaban mi perfil con los requerimientos del trabajo. Fui confiada al día de reclutamiento. En las primeras horas ya me encontraba liderando en el pequeño grupo en el que nos habían dividido, y recibía miradas aprobatorias y elogios sobre mi inglés por parte de las supervisoras. Ya me veía en Dubai en mi nueva vida. Sin embargo, creo que mi subconsciente me ubicó en la palmera. A la hora de hacer la primera pequeña exposición en voz alta a los demás concurrentes, me empecé a atragantar, de la nada. Las miradas previamente aprobatorias de las coordinadoras, ahora mostraban reprobación y luego desinterés. No pude ni terminar una oración, y sólo quería sacarme de encima el peso de los miles de ojos sobre mí, para poder reponerme, por lo que balbucié algunas boludeces para ir cerrando el discurso. Claramente, me eliminaron en esa primera ronda.
La frustración fue enorme. Me encerré el fin de semana a llorar, a tenerme lástima, a reforzar la idea de que era una fracasada. Creo que también lloraba por una pena amorosa que no había querido mirar en todo el año. Días sin parar: trabajo, reclutamiento, tesis, salud. Me dí cuenta que no quería ser azafata. Lo que quería era escapar de mi vida porque no sabía cómo hacerme cargo de todo lo que me pasaba… O peor, no tenía tiempo para eso. Y veía la posibilidad de ese nuevo trabajo alado como mi salida de emergencia. Al cerrarse, me tuve que enfrentar a todo lo que me sucedía.
Y el contexto de todo esto era fin de año: ese momento en que, al menos en Argentina, pensamos que todo tiene que suceder antes de enero, porque ahí es cuando se termina el mundo.
Vuelvo a ese día de fines de diciembre, en el que ya me encontraba al calor de lo conocido en el acogedor departamento de mi amigo. Me escuchó con mirada comprensiva, mientras yo intentaba explicar lo que ni yo misma sabía qué era, en medio de un llanto imparable. Cuando me calmé, habló: “Sólo estás asustada. Tenés miedo, y venís haciendo muchas cosas al mismo tiempo. Está bien estar asustada y está bien ser débil a veces”. Fue un bálsamo. La simpleza de su mensaje me cortó el llanto. Ya no sentía que tuviera sentido llorar, ni me salían las lágrimas. Sólo era eso lo que me pasaba? Sí: muchas cosas, mucha autoexigencia, y aunque me costara admitirlo, miedo. Me sonó el celular: mi prima, otra vez. Ambos miramos la pantalla, y mi amigo me dijo: “Atendela. Decile que estás asustada y listo”. Gracias a eso, volví a casa y encontré a una prima que no conocía, con el corazón abierto contándome situaciones similares. El viaje estuvo increíble, pero me tomó tiempo recuperar la creatividad, aun rodeada de estímulos.

Las palabras con las que me tranquilizo mi amigo
La sociedad del cansancio
El filósofo contemporáneo Byung-Chul Han escribió una radiografía de nuestra sociedad actual, La sociedad del cansancio. Explica cómo pasamos de la explotación del jefe en la era industrial a la autoexplotación en la era actual. En otras palabras, ya no hace falta que nos exploten desde afuera: incorporamos la exigencia y somos nosotros mismos quienes nos empujamos hasta el límite de nuestras posibilidades. Somos, al mismo tiempo, víctima y victimario.
Terminás de trabajar y sentís que la cabeza sigue rumiando cuestiones laborales? O que estás cansado pero aún tenés un sinfín de tareas que hacer? O lo peor, sentís que tu cabeza escanea pendientes las 24 horas? Son sólo ejemplos... Y si no es tu caso, te felicito!
Hoy naturalizamos que estamos todos a full, a mil, no puedo más... Ya son muletillas en nuestro lenguaje cotidiano. Pero así nos acostumbramos a vivir, siempre haciendo algo, corriendo atrás de del próximo pendiente a tachar.

Mensajes reales de amigos... Naturalizamos el estar a mil
Quemados
El burnout, ese sentimiento de agotamiento extremo, es el resultado lógico de llevarnos a ese límite, de esa cultura que nos convence de que siempre se puede un poco más. Si nos exigimos como máquinas, el sistema colapsa. Y lo peor: muchas veces seguimos adelante igual, ignorando las señales emocionales y físicas.
Yo tengo detectados cuatro grandes burnouts en mi vida adulta (al menos, los que recuerdo por su magnitud). En realidad, el burnout es el punto cúlmine de un proceso más largo. El primero, te lo conté al inicio de este post. Me gustaría contarte brevemente los otros 3.

Frase de Byung Chul Han en "la Sociedad del Cansancio"
Burnout #2
2013-2020
Ahora soy diseñadora, empresaria, directora creativa y flamante CEO de mi marca de trajes de baño, Calypsonia. En realidad, no había creado un negocio: había creado un autoempleo en el que la única empleada cubría todas las áreas. Y, como “profesional”, todo debía estar a la altura.
Días eternos. Las vacaciones se usaban para hacer sesión de fotos; no descansaba. Y cuando no hacía sesiones de fotos, estaba tan acostumbrada a correr, que lo hacía también con los destinos. Aún recuerdo la cara de un mentor de negocios: “Todo esto hacés vos? Qué sos, marciana?”. No admiración, era una alerta.
Hace falta drenarse para ser una “súper mujer”? Aplausos por llegar a diciembre extenuada, llorando porque los talleres no entregan y por noches sin dormir cinco horas seguidas...
Sinceramente, todo el período operativo de Calypsonia fue un burnout continuo: vivir al límite y sentir que no podía parar porque todo dependía de mí.

Backstage de una producción de fotos de Calypsonia
Algunos de mis conocidos todavía se acuerdan de aquella vez que crucé toda La Barra, en Uruguay, convencida de que llevaba enganchada al auto mi Wanderlust Boutique, la casa rodante que había convertido en boutique sobre ruedas de Calypsonia. Llegué al asado a las apuradas, pues estaba retrasada. Luego de la cena quise ir a buscar unas bikinis a la Wanderlust… y descubrí que no la tenía! Así, sin más. Evidentemente la había perdido en el camino.
La segunda parte de la historia es peor: salí disparada, convencida de que se me había soltado en una lomada donde había pasado medio torpemente. Me imaginaba la Wanderlust Boutique atravesada en el medio de la avenida principal, desde hacía horas, con media temporada veraniega de testigos y bocinazos.
Pero no. La casa rodante seguía exactamente donde la había dejado: estacionada frente al departamento, quietita, como si nada. Fin del susto. O eso creía. Y para los que aún me preguntan si no miraba por el espejo retrovisor: sí, miraba. Y juro que creía verla. Qué sé yo, el poder de la sugestión, supongo.
Saqué las valijas con las bikinis para cargarlas en el auto y volver al asado. Pero cuando llegué otra vez, las valijas no estaban. Recién al regresar al departamento, horas después, las encontré tiradas en la calle, al lado de la Wanderlust. Sí, lo admito: soy distraída. Pero con el tiempo entendí que esos episodios, que entonces parecían solo graciosos, eran señales de algo más profundo: mi cabeza no podía más. Tema aparte, y lo más increíble de todo —o milagroso— fue que, en plena temporada en Uruguay, con robos todos los días, mis valijas seguían exactamente donde las había dejado.

La Wanderlust Boutique de Calypsonia
Burnout #3
2023
Ya a este punto, te darás cuenta que la cosa se vuelve patológica y que es difícil escarmentar. En Europa, trabajando remoto fulltime como diseñadora para una empresa, cursando un máster y ademas la carrera de astrología, con un proyecto nuevo con una socia, diseñando freelance, entrenando, dando seminarios en un posgrado de Buenos Aires, y seguro más cosas que ahora se me escapan. Pfff ya me cansé de tan sólo escribir esto.
Mientras preparaba mi tesis del máster, me rompí! No podía hacer más nada. Estaba irritable, lloraba sin saber por qué, sin ver salida a una vida de pendientes en fila. Estaba extenuada y no tenía tiempo ni de descansar. Sabia que siempre había no 1 ó 2, sino hasta 3 ó 4 actividades/deberes después del trabajo, antes de hacer algo que yo realmente quisiera hacer o simplemente descansar. Y lo peor, es que yo misma me había empujado a esa situacion.

El día que presenté la tesis y me recibí del máster en Roma
Burnout #4
Julio 2025
Sí, fue hace poquito tiempo atrás. Después del burnout anterior, empecé a limpiar actividades. Y como ya te conté, me mude a la isla de Creta, donde mi vida se simplificó. Aún así, me cuesta domar mi entusiasmo, el fomo (Fear of missing out: miedo a perderse cosas) me alcanza y además no logro reducir la velocidad después de años corriendo. Hace un tiempo que trabajo bastante en mí, y horrorizada me dí cuenta que mi mecanismo de correr estaba también devorando el área de desarrollo personal. Una especie de carrera de la rata espiritual. Siempre aparece un curso tentador, con workbook con actividades y rituales. Y el sentir que si no haces todo eso, no vas a tener resultados (aunque en el fondo sé que eso es una excusa).
El día de mi vuelo a Dinamarca para encontrarme con mi familia tenía que hacer muchos trámites antes de ir al aeropuerto al mediodía. En el medio, me tocó tránsito y lugares cerrados o llenos de gente. Y yo no tenía tiempo que perder. Llegué de casualidad a tiempo al aeropuerto, pero muy estresada y me quebré. Llorando, pataleaba que no quería viajar, estaba cansada, no quería correr más… Mike me convenció de tomar el avión igual, yo no podía decidir nada. Me colgó la mochila y me enfiló en el control de seguridad. Ya en el avión, sin tener que correr, me tranquilicé. Decidí que esta vez sí iba a hacer las cosas de otra manera.

"Puedes hacer cualquier cosa, pero no puedes hacerlo todo" - David Allen
¿Por qué hacemos tantas cosas?
Ya te das una idea de cómo se siente un burnout. Seguro hay otras maneras también. En la empresa donde trabajo, hay licencias por agotamiento. Al menos se puede nombrar. En muchos lugares, ni siquiera eso: se le dice “estrés” y se sigue adelante.
Y me pregunto: por qué hacemos tanto? En mi caso, la primera respuesta que esbozo es miedo. Miedo a que la vida pase y no alcanzar a hacer todo lo que quiero. Un entusiasmo desenfrenado que disfraza ansiedad -en términos de mi psicólogo (un saludito Jorge, si me estás leyendo). Ansiedad que pensé que ya tenía domada, pero se ve que una parte de ella está tan camuflada en mi ritmo de vida que es difícil distinguirla. Y me pregunto… Será que el hacer tantas cosas enmascara el miedo a parar y tomar contacto con nuestras emociones? En mi caso, creo que tiene que ver con la melancolía del paso del tiempo. Queriendo capturarlo, lo apuro y, sin querer, sobrevuelvo el presente.
Otras veces, será un vació? Quizás de propósito? Una angustia existencial? El perfeccionismo, la exigencia, la necesidad de ser productivos… no esconderá, en el fondo, el sentimiento de que no somos suficiente, la creencia de no merecer? Creemos valer más si nos matamos trabajando y estamos siempre ocupados? Al final, es más fácil no cuestionarse y seguir engranando tareas en la cinta de producción.
Y vos, qué es lo que te contás para seguir corriendo?

Nos hemos convertido en "sujetos de logro" y atamos nuestro valor a él.
La mentira del multitasking
Nos convencieron de que podíamos hacerlo todo. Y que si no podíamos, era culpa nuestra. El multitasking —esa capacidad o necesidad de hacer muchas cosas a la vez— se volvió una religión moderna: responder un mail mientras cocinás, escuchar un podcast “de crecimiento personal” mientras lavás los platos, contestar mensajes mientras caminás. Como si habitar un solo lugar o actividad fuera una pérdida de tiempo.
Pero en realidad, es una trampa que nos iguala con las máquinas. Quizás la clave esté ahí: en reconocer el límite no como debilidad, sino como acto de sabiduría.
Byung-Chul Han sostiene que el multitasking no es un signo de evolución, sino una regresión a un estado más primitivo de atención. En La sociedad del cansancio explica que los animales salvajes también hacen multitarea: comen, vigilan, se mueven, reaccionan al entorno. Su atención está repartida en múltiples estímulos, no concentrada.

Byung Chul Han sobre el multitasking
Según el autor, el ser humano, en cambio, desarrolló la atención profunda y contemplativa, esa capacidad de demorarse en algo, de pensar con calma, de crear. Pero el ritmo actual, saturado de estímulos y notificaciones, nos empuja de nuevo a un modo animal de estar en el mundo: dispersos, fragmentados, siempre reactivos.
El multitasking moderno, dice, no nos vuelve más productivos ni más libres: nos convierte en sujetos de rendimiento agotados, incapaces de verdadera reflexión o descanso interior.Tantos estímulos nos desconectan de lo esencial: el viaje no es hacia afuera, es hacia adentro. Estamos involucionando.
Y así corremos, sin mirar hacia dónde. Nos subimos a una carrera que no termina nunca, y confundimos movimiento con sentido. Nos quedamos en las técnicas sin profundizar. En palabras de nuestro amigo Byung Chul Han, la autorealización coincide con la autodestrucción.

Frase de Bertrand Russell
La mente que no calla
Pero en realidad, no se trata sólo del trabajo y la productividad. Fundamentalmente se trata de la mente, que no para.
En el inicio de uno de sus libros, Eckhart Tolle narra cuando vió a una mujer alienada en una conversación consigo misma en voz alta. Horrorizado, se dió cuenta de que él hacía lo mismo, sólo que dentro de su cabeza. Sé que somos muchos en esa batalla, con la mente que no se detiene, pensamientos incesantes, preocupaciones que no se apagan. Incluso hacer un mundo de temas que son fácilmente solucionables. El pensamiento se vuelve laberíntico; la mente no para. Y nos volvemos egoístas, enfrascados en nuestros problemas, sin ver el bosque detrás del árbol.
Y como explica Joe Dispenza en Deja de ser tú, el cuerpo se vuelve adicto a los químicos de las emociones que más sentimos. Vivir a mil genera una adrenalina adictiva. Por eso cuesta tanto desaccelerar.
En ese ruido, perdemos de vista las prioridades. Lo realmente importante para nosotros. Y naufragamos en un mar de tareas que, en muchos casos, no son necesarias ni tan urgentes.

Frase de Eckhart Tolle
Somos gerundio
Con todo lo expuesto, no quiero negar que existen personas tristes o deprimidas. Pero creo que en la sociedad actual muchas veces nos sentimos así por no dejar espacio para los procesos y para habitar las emociones y actividades.
Y qué hacemos con esto? No tengo la posta. Estoy aún en rehabilitación. Pero últimamente ante cualquier cosa que me sucede, llego a la conclusión que ser el amo de tus pensamientos es la mayor conquista que podemos tener. Si no, la mente nos domina a nosotros.
Por lo que creo que para empezar a desacelerar las dos cosas más importantes son: ser conscientes de nuestros pensamientos para bajar la ansiedad y por ende habitar el presente, y establecer prioridades reales.
Además, mi último burnout me trajo una herramienta que estoy aplicando y me resultó muy útil. Te la voy a contar en un post más adelante.

"Al final del camino, sólo recuerdas una batalla. La que libraste contigo mismo, el verdadero enemigo; la que te hizo único" - Etiqueta del vino El Enemigo
Pero antes quería confesarte algo:
Escribir estas cosas me hace sentir vulnerable, pero es lo más honesto que puedo hacer. Dudé mucho en publicar este texto, pero a la vez con esta bitácora me comprometí a seguir mi intuición y animarme a ser auténtica.
Escribir desde mí es lo más natural; es inevitable que lo que observo y vivo pase por el filtro de mi subjetividad. Pero contar mis procesos lo vivo como una entrega, no como egocentrismo o exhibicionismo. Quizás, al mostrarme en carne viva, sin máscaras ni artificios, pueda conectar con vos que estás leyendo y te animes también a mostrarte vulnerable, a bajar la guardia. Y de esa manera, quizás también vincularte más genuinamente e inspirar a quienes tenés al lado. Aprendí a no subestimar el impacto que podemos tener en los demás. Al final, estamos todos en el mismo viaje.
Y, sobre todo, somos proceso. El gerundio es el tiempo verbal que indica un proceso, una acción que estamos realizando (las terminaciones "ando", "iendo"). Me gusta pensar que somos eso, gerundio. Somos siendo. Y lo que yo te estoy compartiendo no es una idea terminada o una solución, porque no las tengo. Es sólo mi proceso y algún que otro descubrimiento, reflexión o herramienta.

Somos gerundio
Si algo de lo que escribo resuena con vos, o te recuerda algo de tu vida, me encantaría que lo compartas conmigo. Me va a hacer muy feliz y me confirma que lo que hago —y cómo me expongo— no es en vano. Gracias a quienes ya lo hicieron.
A veces no estamos tristes. Sólo estamos cansados. Cansados de correr detrás de todo, menos de nosotros mismos. Cansados de vivir en mil escenarios futuros o pasados, pero no habitar el presente. Cansados de sostener versiones nuestras que ya no nos representan.
Y vos? Te estás sintiendo muy cansado?
Un abrazo desde Creta,
Flor / Popita 🧜🏽♀️ 🌊