Si preferís escuchar el artículo, en vez de leerlo, dale play!
Barcos de vapor
En algún momento del 1800, digamos que aproximadamente 1883, un joven danés de 18 años, Troels Gaspar Conrad, por razones que desconocemos decidió subirse a un navío y abandonar su helado y pequeño pueblo costero de aquel remoto país nórdico. Tampoco conocemos las paradas intermedias, pero sí el destino final: otro remoto país de una esquina del mundo, pero en este caso austral. Esta hazaña siempre me pareció curiosa, sólo para ser informada recientemente de que era algo bastante común: en aquella época, muchos jóvenes soñadores se subían a algún barco para no volver, salvo en palabras escritas o imágenes estáticas. Y Argentina —el fin del mundo- era un destino frecuente.
Podríamos contar mucho más de Troels, y otro tanto ficcionar, pero no en esta ocasión. Sólo contaré que se enamoró y se casó con Emma Beardshaw, hija de Edward, un inglés que también abandonó su pueblo natal para ir a parar a esas latitudes.
Me atrevo a especular que tanto Sheffield —el pueblito inglés de Edward— como Rødsby (no, no se pronuncia como lo estás leyendo; se nombra de una manera inteligible para mí, como si estuvieras leyendo otros caracteres) eran muy, pero muy lejanos de Argentina. Tan lejanos como para, quizás, no volver a tocar su tierra ni ver a sus seres queridos más que en blanco y negro.

Postal del albúm de Troels, donde recordaba los lugares de su pueblo natal y sus afectos
Un poco más reciente en el tiempo, tipo 1951, Elsa, Carlo y su hija Anna tomaban el barco Conte Biancamano desde Génova (Italia) equipados con muchas ilusiones, para llegar a la tierra prometida de los europeos de la primera mitad del siglo pasado. Escapaban de la hambruna y los estragos que la crueldad, la codicia y el ansia de poder humanos pueden causar.
Se dice —aunque no me animaría a afirmarlo— que en el mismo barco viajaba Alfredo, Fausta, Odoardo y Sergio. Pero shhh, no digas nada: te estoy revelando sus verdaderos nombres; nombres que distorsionaron en sus visas de Brasil otorgadas por Franco en España, como salvoconducto a estos fieles servidores del Duque. Me contaron que, sobre todo Alfredo, no pegaba un ojo en toda la noche, convencido de que descubrirían a bordo que no eran periodistas yugoslavos sino militares, Camiccia Nera incluida, de un régimen antaño esplendoroso, pero en ese momento decadente y juzgado. Al parecer, el miedo y la paranoia lo persiguieron toda la vida, como para no volver a pisar suelo italiano, no vaya a ser que aún lo colgaran… Y así, dejó todo atrás para siempre. Menos su honor, ya que se despojaron de sus identidades apócrifas al llegar a América, para recuperar sus nombres y apellidos verdaderos.
Odoardo y Anna se conocieron algunos años después, en San Juan (Argentina), y se casaron. Tampoco te voy a contar ahora qué fue de ellos, sólo que sí pudieron volver un par de veces a su tierra, pero ya en avión. Tampoco tantas.

La visa para Brasil de Alfredo
Y por último, te quiero hablar de Giannina e Ilario, lo poco que sé. Al parecer también fueron víctimas de la codicia humana y, por rebelarse a la mafia, debieron abandonar urgentemente su país. De Italia, fueron a parar a Pensilvania, en Estados Unidos. Aunque una lectura menos ingenua de la historia oral me hace pensar que quizás un lado de la mafia eran ellos. Al llegar —oh casualidad— eran vecinos de la mafia italiana local y el capo, el Al Capone de cabotaje, padrino de uno de los hijos.
De todas maneras, no estamos acá para acusar a nadie sin pruebas reales: apenas conjeturas armadas con retazos de historias. (Y ni me voy a meter en el detalle de que los hijos de Giannina nacieron en varios países, porque si entro ahí no termino más.) Lo que me interesa contarte es que Giannina —que aún no podemos entender qué hacía— no sólo paría hijos con distintas nacionalidades, sino que también iba y venía entre Argentina, Europa y Estados Unidos, de manera demasiado frecuente para una época en que moverse entre continentes era por vía marítima y promedio de 30 días en altamar.
Y al parecer también Don Ilario, al que lloraron su muerte al hundirse el barco Mafalda, pero resucitó en forma de telegrama meses después diciendo que se pasó de copas en el bar en vísperas de la zarpada, y seguía existiendo a pesar de los registros.

El barco "Principessa Mafalda" que se hundió en 1927 frente a las costas de Brasil. Fuente: Archivo General de la Nación Argentina
Aviones
Yo soy la tataranieta de Troels y Emma; la bisnieta de Fausta y Alfredo, de Carlo y Elsa, y de Giannina e Hilario. Anna y Odoardo son mis abuelos paternos. Te compartí un pedacito de mi historia no porque te esté haciendo partícipe de una constelación familiar encubierta, sino porque yo también soy una expatriada. No tuve que escapar como mis ancestros italianos; quizás me movió más la sangre exploradora de mi lado danés.
Y hoy estoy escribiendo esto —en un impulso de sensibilidad que si no lo dejo salir en forma de escritura me deshago en lágrimas y abandono mis sueños— desde mi butaca de Air Europa, en el tramo Córdoba–Madrid. Estuve poco más de dos meses en la tierra de mis raíces, donde están (y se quedan) la mayoría de mis afectos. Sé en carne propia lo que es irse sin saber cuándo volveré a ver a los que quiero. Siempre es agridulce partir. Pero hay mucho mundo para ver, y mi alma inquieta no se conforma con raíces profundas. Al revés: usa esa buena base para hacer crecer sus ramas, bien alto!

Desde el avión...
El mundo se achicó
Ahora bien: sacando el caso atípico de mis bisabuelos “mafiosos”, hay una diferencia enorme entre la estirpe de donde vengo y mi modo de moverme. A mí me es fácil ir y volver. Quizás puedo tildar la faena de costosa, pero no de difícil comparando con la época de mis ancestros.
Pienso en mi hermano Nico, que vive en Dinamarca, donde nació Troels y donde nunca más volvió. Pero Nico sí vuelve cada vez que puede a Argentina, viaja por otros lugares, y también recibe visitas del otro lado del océano.
Entonces vuelvo a mi realidad: vivo en una isla donde en temporada baja hay menos vuelos, sí. Pero convengamos que no es difícil. Mis afectos, mis raíces, mi barrio, mis amigos, mi perro, mis amores adolescentes, mis pertenencias olvidadas, los ecos de mis cimientos… están a una combinación de euros y horas de distancia. La base de mi vida está alejada de mí por algo así como entre 16 y 36 horas.
¿Qué es un día y medio de aeropuertos y butacas incómodas frente al mes —o más— que tenían que estar Troels, Edward, o los italianos de pre y posguerra? ¿Y qué es un día y medio en una vida, sobre todo considerando el premio al llegar?
Afectos portátiles
Hace tan solo una semana estaba en mi ciudad natal, y ahora no solo estoy en hemisferio y estación opuestos, y en otro huso horario, sino también en otra vida. Antes “irse” era dejar de ser quien eras en un lugar. Hoy podés ser muchas versiones a la vez, pero eso también trae un costo: la fragmentación. Como si corrieran vidas paralelas sostenidas por contextos virtuales. Vivo en capas, en husos, en dos vidas a la vez.
Y hay otro factor. Hoy el mundo se achicó no sólo por los aviones y las low cost, sino por la forma en que existimos. Trabajo remoto, redes, videollamadas. Modelos nuevos, distancias nuevas. Así como se digitalizaron la música, los libros, las películas —todo disponible a toda hora, portátil, inmediato— también se digitalizaron, en cierta forma, los afectos. Los cargamos encima todo el tiempo, siempre “a mano”. En conversaciones que contestamos a destiempo o al instante. En audios largos que mandamos mientras caminamos. En videollamadas que nos hacen sentir cerca aunque haya océanos de por medio. Nuestros afectos, desmaterializados y portátiles. Somos omnipresentes y eternos en el mundo digital.
Y acá viene lo tramposo: a veces esa cercanía virtual nos engaña. Nos hace creer que no extrañamos tanto. Que, mientras sigamos hablando, nada se pierde. Hasta puede pasar algo más raro: sentir que quienes ya no están, de algún modo, siguen estando.
Pero en la cancha se ven los pingos. Hay una distancia física y otra emocional, y no siempre coinciden. Podés estar al día con la vida del otro, escuchar su voz, ver su cara, compartir el minuto a minuto… y sin embargo, en el momento de abrazar y no poder, es cuando se extraña. Y mucho. Ahí las distancias se sienten enormes. A veces incluso pasa lo contrario: estás “cerca” de alguien, pero sentís un abismo en el medio. O tanta hiperconectividad, al final nos desconecta de lo que tenemos alrededor.

La relatividad de la distancia
Por eso, después de todo lo dicho, la distancia termina siendo un sistema de referencia más que un número: la época, el medio de transporte, la tecnología, el cuerpo, el dinero, el miedo, la necesidad de un abrazo… de ver al otro sin la mediación tecnológica, nos condicionan para definirla. Para Troels, la distancia era una sentencia; para mí es una logística y un cambio de traje.
Aún así, cuando llega el momento de volver, tengo dos opciones: comerme el viaje melodramático encabezado con la premisa más torturadora de todas —“quizás no lo vuelvo a ver”— y viajar excedida de equipaje. O pensar lo otro: que estoy a una combinación de euros y tiempo de distancia, y así viajar liviana, con una sonrisa por todo lo disfrutado y todas las aventuras que todavía puedo escribir.
Calculo que para mis antepasados (salvo los que tenían hijos por doquier, quizás) la distancia se medía en kilómetros y el mundo era enorme. Para mí, el mundo es chico. La distancia se volvió relativa, pero el abrazo… el abrazo sigue siendo absoluto.
Te mando un gran abrazo
(de los que nos gustaría que traspasen la pantalla)! ✨
Popita de Creta 🧜🏼♀️

