Esta semana rompí mi promesa

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Lo dudé mucho. Realmente no quería hacerlo. Pero estaba cansada, no encontraba una alternativa que me cerrara, y terminé cayendo en lo más fácil.

Hacía exactamente un año y cinco meses que no entraba a Zara ni a ningún local de fast fashion. Tampoco compraba online, a menos que fuera de segunda mano. Fue una promesa silenciosa, hecha solo a mí misma, después de muchos años estudiando los impactos de la industria de la moda en nuestro mundo.

Y esta semana, por un jean, la rompí.

 

La niña del Exxon Valdez

Soy de la generación que creció espantada con el derramamiento del Exxon Valdez, aprendiendo a hacer papel reciclado con libros como 50 cosas que los niños pueden hacer para salvar la Tierra, admirando a los activistas de Greenpeace como héroes y usando colgantes de Save the Whales. Había, al menos en el imaginario, una idea bastante simple: si tomábamos conciencia, si reciclábamos, si cambiábamos hábitos, el mundo podía mejorar. Había esperanza en el futuro. O, al menos, en la idea de que todavía estábamos a tiempo de torcer un poco el rumbo.

Y sin embargo, acá estamos. Más rodeados de plástico que nunca. Más anestesiados. Más cansados. Más habituados a convivir con lo que antes nos espantaba. Consumimos plástico en cantidades absurdas, lo tiramos, lo reciclamos si somos prolijos, y seguimos con nuestra vida. Pero el plástico no desaparece: se fragmenta, se vuelve invisible y entra en la arena, en el agua, en el aire, en los animales y en nosotros.

Cada sorbete, cada tapita, cada envoltorio, cada chuchería descartable que satisface una necesidad inventada por el confort de la vida contemporánea, va a ocupar un lugar en este planeta por siempre.

Varios estudios ya encontraron microplásticos en sangre humana, en leche materna y en pulmones. También sabemos que muchos químicos usados en el teñido y tratamiento de telas actúan como disruptores endócrinos: sustancias que interfieren con el sistema hormonal y se asocian con problemas de fertilidad, tiroides y desarrollo infantil.

 

 

Vivo en Creta, donde todavía quedan paisajes de una belleza casi intacta. Pero incluso acá vas a encontrar bolsas enredadas en los arbustos y envases descartables en las playas. A una hora de mi casa hay una playa paradisíaca, Voulisma, con un agua que parece irreal. Hasta que fui un día en que soplaba un viento distinto, y el mar estaba lleno de microplásticos flotando. Cuando volví a casa y me saqué el traje de baño, tenía micropartículas sintéticas pegadas al cuerpo.

Al igual que los plásticos en el ambiente, hay información que, una vez que entra en el cuerpo o en la conciencia, ya no se va. Podemos ignorarla, taparla, distraernos. Pero no se va.

 

Cerca de la playa Kedrodasos, en el oeste de la isla de Creta

 

Nosotros también estamos envueltos en plástico

¿Y qué tiene que ver todo esto con el jean que compré? Mucho más de lo que parece.

Durante siglos, prácticamente toda la ropa se hacía con fibras naturales: lana, seda, algodón, lino, cáñamo. Materiales que, con todos sus matices y problemas, seguían perteneciendo a los ciclos de la naturaleza. Después inventamos las fibras sintéticas como el nylon, acrílico y, sobre todo, poliéster. Es decir: ropa hecha, en gran parte, de petróleo. En otras palabras, de plástico.

Sí: gran parte de la moda contemporánea es plástico. La ropa que usamos, lavamos, descartamos y donamos pertenece muchas veces al mismo universo material que las botellas y los envoltorios que criticamos con más facilidad.

Y no hace falta esperar al descarte para que contamine. Cada vez que lavás una prenda sintética, libera microfibras al agua. Las plantas de tratamiento no alcanzan a filtrarlas del todo. Van a los ríos, al mar, al cuerpo de los peces y, finalmente, al nuestro. Cuando estás disfrutando de ese salmón salvaje en un restaurante elegante también estás ingiriendo fragmentos del mismo mundo sintético del que está hecha buena parte de nuestra ropa. Y también de esas chucherías que compraste y tiraste al mes porque no servían para nada. Decisiones compulsivas, con consecuencias que trascienden generaciones.

 

 

El verdadero ciclo de la moda

Cuando pensamos en moda solemos pensar en diseño, tendencias, deseo, aspiraciones, identidad. Y todo eso existe. La moda y el adorno son parte de algo profundamente humano: el juego, la seducción, el simbolismo, la expresión, la construcción de un avatar.

No solemos pensar en su lado B, el impacto de la industria en el planeta. Y sobre todo si consideramos que el ciclo de la moda ya no termina en el placard. Ni siquiera en la compra. El verdadero ciclo de la moda incluye también todo lo que pasa después: lavado, desgaste, descarte, reventa, donación, entierro, quema, vertedero.

Y ahí aparece, para mí, el problema más irrefutable de todos: la sobreproducción. Podemos discutir si una fibra es mejor que otra, si un proceso emite más o menos, si una certificación sirve o no. Pero hay algo más básico: producimos demasiado, demasiado rápido, para ciclos de uso cada vez más cortos.

La rotación y el cambio permanente están ímplicitos en el concepto de moda. Pero la industria pasó de dos colecciones al año a casos como el de Zara que lanza entre 20 y 24 microcolecciones anuales. Una propuesta nueva cada pocas semanas. Antes de que termines de usar lo que compraste, ya hay algo nuevo esperando. Ese ritmo no es inocente. Para sostenerlo se necesita producción acelerada, insumos constantes, mano de obra barata y una maquinaria cultural que vuelva obsoleto lo que todavía sirve.

Y cuando esa ropa sale de nuestros armarios, generalmente demasiado rápido, el problema no termina. Buena parte de lo que tiramos o donamos termina en circuitos globales de descarte. Mercados como Kantamanto, en Ghana, reciben millones de prendas por semana, muchas de las cuales van directo al vertedero o a la playa. El desierto de Atacama se volvió durante años una postal brutal de ese exceso: montañas de ropa que no encontraron comprador ni destino.

No sabemos qué hacer con tanta ropa. Porque nunca debimos haber producido tanta.

 

 

La muerte de la moda

Lo inquietante es que este problema no se limita al fast fashion. El lujo tampoco queda afuera. Durante años circularon rumores sobre marcas que destruían stock no vendido para no dañar su aura de exclusividad. Hasta que en 2018 Burberry reconoció públicamente haber destruido mercadería por un valor de 28,6 millones de libras en un solo año. No fue una anomalía moral, fue una de las pocas veces que el mecanismo quedó a la vista.

Tampoco alcanza con oponer fast fashion y lujo como si uno fuera el villano y el otro la versión noble del sistema. En los últimos años, distintas firmas italianas quedaron bajo sospecha por irregularidades en sus cadenas de producción, dejando al descubierto que el relato de excelencia artesanal no siempre coincide con la realidad material de cómo se hacen las cosas.

A eso se suma otro aspecto: muchas veces el precio ya no garantiza calidad, sino relato, deseo, posicionamiento. Pagamos marca, promesa, pertenencia. No necesariamente duración.

Algo de esto ya estaba, de manera brillante, en Leopardi. En su Diálogo de la Moda y la Muerte, imaginó a ambas como hermanas. No era solo una provocación literaria: entendía que la moda, bajo su aparente frivolidad, participa de una lógica de desgaste, obediencia y descarte. La Muerte destruye de una vez; la Moda, en cambio, va erosionando más lentamente, ridiculizando lo que acaba de quedar viejo e imponiendo nuevas formas. 

No es casual que Susana Saulquin -gran socióloga argentina a la que tengo el gusto de acompañar en sus clases de posgrado- , haya hablado de la muerte de la moda. Su idea era que estaba muriendo una cierta moda entendida como mandato vertical, homogéneo, autoritario. Pero leída desde hoy, la fórmula adquiere otra resonancia: no solo muere una forma clásica de la moda; también queda expuesto su costado mortífero, su alianza con el descarte, la explotación y la devastación. Un sistema que ya es insostenible.

 

 

La gran trampa

Acá es donde, para mí, la cosa se pone más interesante (o más triste).

Cuando uno empieza a informarse, el camino parece claro: mejor algodón que poliéster. Pero enseguida descubrís que el algodón convencional consume enormes cantidades de agua y pesticidas. Entonces pensás: mejor orgánico. Pero el orgánico también tiene límites, costos y escalas más difíciles. Entonces lino, cáñamo, reciclado, regenerativo, biomateriales. Y así seguimos. Cada alternativa trae su propia promesa, y también su propia complejidad. Estamos en un loop.

La gran trampa es esta: el problema no es solo qué producimos. Es cómo y cuánto. No hay material mágico que resuelva el problema si el modelo sigue siendo el mismo: oferta antes de demanda, sobreproducción, velocidad, descarte acelerado y externalización de costos ambientales y humanos.

A eso se suma otra cosa: el greenwashing nos desgastó. Después de años de ver etiquetas que dicen eco, organic, conscious, recycled, sustainable pegadas sobre productos que forman parte del mismo sistema de siempre, mucha gente ya no cree en nada. Y con razón. El lenguaje de la sustentabilidad fue tan usado como maquillaje que terminó vaciándose. No solo producimos demasiado. También aprendimos a envolver ese exceso en una narrativa moralmente tranquilizadora.

Encima, el fast fashion nos distorsionó la percepción del precio. Una remera a ocho euros se volvió el estándar desde el que juzgamos todo. Pero no es un precio real: es posible solo porque alguien más está pagando lo que nosotros no pagamos — con su salario, con su salud, con el agua de su río. Entonces cuando encontrás algo producido honestamente, te parece caro. Y ahí está otra de las trampas: nos acostumbraron a un número que nunca debió existir.

 

 

El jean y el fundamentalismo

¿Y el jean?

Lo compré, me quedó bien y probablemente lo use mucho. Pero salí del local con una mezcla rara de decepción y culpa. No tanto por haber comprado una prenda, sino por no haber encontrado una alternativa.

Y acá estamos: los niños que creían que podían salvar al mundo, comprando en Zara, tomando matcha en vaso plástico para la foto de Instagram, abandonando nuestras esperanzas, agotados por ritmos de vida que también son parte del problema, mientras una industria entera nos exige ser consumidores conscientes dentro de un sistema diseñado para lo contrario.

Porque yo también fui esa niña que creía que podía ayudar a salvar al mundo. Y ahora soy una adulta que intenta vivir de acuerdo a ciertos valores, pero que a veces llega cansada y cae en lo más fácil.

Y creo que ahí hay algo importante. No quiero demonizar Zara. Ni a quien compra ahí. Y tampoco me interesa convertirme en la policía del consumo consciente. El fundamentalismo, en cualquier versión, me parece un callejón sin salida: esa rigidez moral que señala desde una supuesta superioridad ética todo lo que está mal en el mundo y que suele ser más violenta que transformadora.

El problema no es caer. El problema es no preguntarse por qué se cayó. Yo caí porque no encontré una alternativa que me cerrara de verdad. Y eso me dice algo bastante evidente: el sistema no está diseñado para que elegir mejor sea fácil. Lo consciente requiere tiempo, información, dinero, energía, paciencia. No siempre los tenemos. 

Ser amables en la transición también es parte del proceso. Me encanta decir, ya me lo habrás escuchado, que somos gerundio, porque somos siendo. Siempre en proceso.

 

 

¿Y entonces?

Estarás pensando: bueno, Popita de Creta, me deprimiste bastante; este mundo se va a la mier… Yo también necesito un punto de fuga, créanme.

No creo que la respuesta sea vivir culpándonos por cada compra, ni aspirar a una pureza imposible dentro de un sistema que vuelve tan difícil elegir distinto. Pero tampoco creo que podamos seguir anestesiándonos.

Cada vez siento más cierto que el problema no es sólo la moda, o los impactos ambientales de las distintas industrias. Es civilizatorio. Tiene que ver con cómo nos relacionamos con el tiempo, con el deseo, con la identidad, con la naturaleza y con el valor de las cosas. Con un modelo que aceleró todo tanto que ya no solo produce ropa: produce ansiedad, descarte, desconfianza y agotamiento.

Me pregunto en qué momento nos volvimos tan artificiales. Nosotros mismos somos sintéticos viviendo en un artificio. Hemos construido una humanidad que se cree por fuera de la naturaleza.

Y por eso la sustentabilidad —esa palabra ya tan usada que suena vacía— no alcanza. Necesitamos otro marco. Uno que no se limite a cambiar materiales o etiquetas, sino que nos invite a volver a la esencia: a crear con más propósito, a elegir con más verdad, a vivir con un poco menos de compulsión y un poco más de sentido.

No escribo esto para señalar a nadie. Sería ridículo, considerando que yo misma esta semana salí de Zara con una bolsa en la mano. Lo escribo porque sospecho que esta contradicción no es solo mía. 

 

"Hay alguien allá afuera? Tenemos una emergencia en el planeta Tierra, alguien que me ayude!" - Letra de Emergency on Planet Earth de Jamiroquay

 

Una última cosa: necesito tu ayuda

Como parte de algo que vengo pensando y construyendo, preparé una encuesta cortita —menos de cinco minutos, lo prometo— para entender mejor cómo otras personas viven esta tensión entre valores, deseo y consumo.

No hace falta que hayas dejado el fast fashion. Al contrario. Me interesa justamente saber qué te pasa con todo esto: si te importa, si desconfiás de las propuestas “sustentables”, si querrías elegir distinto pero no encontrás opciones que te cierren de verdad en diseño, precio, estética o accesibilidad.

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Cada respuesta me ayuda muchísimo. Y si la podes compartir, mucho mejor! 🙂

¿Y vos? ¿Venís sintiendo algo de esto?

 

Un abrazo desde Creta,
Flor / Popita 🧜🏽‍♀️🌊

 

*Muchas de las imágenes de esta entrada fueron creadas con la asistencia de la AI

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About Popita de Creta

Hola! Soy Flor. Diseñadora, amante de los colores, exploradora incansable, eterna estudiante, aprendiz de astróloga y aspirante a escritora. Podría seguir sumando etiquetas, pero... Acaso no terminan limitándonos? Al final, simplemente somos. Y eso, creo, es lo que realmente importa.

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