La guerra en la era de TikTok: la guerra como espectáculo

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Con el acecho de una nueva guerra a pocos pasos de casa, me vino a la mente un pequeño ensayo que escribí en mayo de 2022. Hacía menos de tres meses que había estallado la guerra en Ucrania. La angustia que me produjo me hizo obsesionarme con las noticias. Como si, al poner mi atención y mi cuidado, al monitorear de cerca la información, quizás pudiera descubrir que la guerra se iba a esfumar en cuestión de días. Pero eso no sucedió, y ya van más de cuatro años de conflicto.

Desde los primeros días, fue evidente que había captado una atención mediática mayor que la de cualquier otra guerra contemporánea. Las razones pueden ser múltiples y variadas, pero no me voy a detener en ese punto. Como todo aquello que circula en los medios, también la guerra debe subirse al tren de la velocidad y seguir entreteniendo; al fin y al cabo, se convierte en un producto de consumo.

 

 

Más recientemente, se intensificó el conflicto en Gaza (Israel-Palestina). Y ahora surge otra guerra que, una vez más, reactiva el fantasma de una tercera guerra mundial. Sin contar todas aquellas que ocurren en simultáneo, pero lejos del foco de las cámaras. Esto me recuerda al siempre brillante 1984 de George Orwell, esa distopía en la que las tres grandes potencias del mundo permanecían en guerra casi permanente, alternando alianzas y enemigos. Allí, la guerra no aparece como un conflicto orientado a su resolución, sino como una condición estructural del sistema. Y entonces la pregunta ya no es solo cómo se representa la guerra, sino también qué poderes se consolidan en su permanencia, quiénes se benefician de su circulación incesante y qué intereses encuentran en ella no una anomalía, sino una forma de funcionamiento.

Es por eso que me gustaría volver sobre aquellos pensamientos. No es un texto sobre los horrores de la muerte ni sobre la angustia que produce. No me interesa aquí insistir en algo que debería ser evidente: la guerra es, antes que nada, destrucción real, dolor real y muerte real. Justamente por eso me interesa pensar qué ocurre cuando ese horror, sin dejar de serlo, es absorbido por la lógica mediática y transformado en espectáculo, contenido y producto.  

Mi intención, como ya te imaginarás si me venís leyendo, no es ofrecer respuestas cerradas, sino invitar a pensar el tema desde otra perspectiva, suspendiendo por un momento la evaluación moral para abrir nuevas preguntas. Voy a salpicarte con algunos conceptos de pensadores que me parecen útiles para este tema, tratando de hacerlo simple.

 

 

El carácter estético de la muerte y la guerra

El primer aspecto que me interesa abordar es la muerte en sí misma, como consecuencia directa de la guerra. La muerte no solo ha sido representada artísticamente a lo largo de la historia, sino que también ha funcionado como espectáculo y entretenimiento: desde cuerpos embalsamados y expuestos —sin ir más lejos, en el Vaticano— hasta happenings con animales muertos, fotografías y videos de muertes reales, gladiadores y ejecuciones públicas. A partir de esto surge una pregunta, a simple vista inadecuada: ¿puede la muerte real ser considerada arte?

 

Muerte como arte y exhibición

 

No busco responder de forma concluyente esa pregunta, sino introducir un concepto que considero especialmente fértil para pensarla: el aura, en el sentido de Walter Benjamin, filósofo del siglo pasado que se centró en cómo la tecnología cambia nuestra relación con el arte y la historia. En términos breves, Benjamin definía el aura como el carácter único e irrepetible de una obra de arte en su aquí y ahora, en su existencia singular en el tiempo y el espacio. ¿No podría pensarse la muerte —y, en consecuencia, también la guerra, cuando no es vivida directamente— a la luz de este concepto? Tanto la muerte como el arte comparten ciertas cualidades: exigen presencia, acontecen en un tiempo y un espacio determinados, poseen un carácter único e irreversible y están rodeados por un halo de misterio y sublimidad.

En este punto aparece también la cuestión de la guerra, gran productora de muertes. Mientras los fascistas la pensaban como agente de transformación de la humanidad y los futuristas exaltaban su belleza, Benjamin se opuso de manera radical a esta estetización de la guerra y al uso de la tecnología para convertirla en espectáculo.

 

 

War-Tok

Esta cuestión se vuelve especialmente visible en la sociedad contemporánea, definida por Guy Debord, ya en los 60s, como sociedad del espectáculo. Vivimos inmersos en la vida digital, desplazándonos sin fricción entre realidad y virtualidad. Los medios masivos se han fusionado con plataformas interactivas en las que los datos circulan sin cesar. La realidad se encuentra profundamente mediatizada, ya no solo por los creadores de contenido tradicionales, sino por cada usuario a través de pantallas y redes sociales. En un entorno dominado por la velocidad, el exceso de información y la exhibición permanente, la guerra circula junto a selfies, moda, activismo y cafés de autor en un mismo flujo visual. Hacemos scroll obsesivo en un feed de TikTok o Instagram dedicando apenas un parpadeo a cada imagen.

 

 

 

Byung-Chul Han, agudo filósofo contemporáneo, advierte que lo que no se exhibe no existe, pero al mismo tiempo la sobreexposición produce desinformación. Así, algunas guerras ocupan el centro de la escena mediática mientras otras permanecen invisibles. De alguna manera, ese dolor y esas muertes parecen vender menos. Y, recordando también a Benjamin, la historia suele ser escrita por los vencedores: la edición sigue operando para sostener el relato dominante.

 

 

Pareciera que cada guerra tiene su medio. La guerra de Vietnam fue considerada la primera guerra televisada (y la del golfo, en tiempo real), y la invasión a Irak, la primera guerra digital. Las guerras de la pospandemia podrían pensarse, como la guerra de las redes sociales. O mas acertado aún, como guerras de la reproducción algorítmica y de la verificabilidad. Las plataformas de hoy, sobre todo TikTok, se basan en el remix. Y ahora, a diferencia de 2022, se suma la inteligencia artificial en manos de todos, agregando una capa más de complejidad: los límites entre realidad y ficción se vuelven cada vez más difusos.

 

 

La biblia junto al calefón

Esa lógica de fragmentación y montaje permite editar y manipular la información con fines políticos, al mismo tiempo que contribuye a su banalización. Y aquí conviene recordar una cuestión central en Benjamin al pensar los nuevos medios: el modo en que estos son utilizados políticamente. En un mundo saturado de información, en el que las categorías tradicionales de izquierda y derecha se vuelven menos nítidas por la radicalización de los extremos, y donde toda mediatización implica ya una edición, la pregunta inevitable es: ¿cómo construimos hoy la realidad?

En este contexto, la guerra, vaciada de su espesor real, aparece convertida en imagen de pantalla; y si no nos entretiene, simplemente seguimos deslizando el dedo hacia abajo. La muerte y la guerra se banalizan, como en el tango argentino Cambalache, donde todo aparece mezclado en la irrespetuosa vidriera del mundo. Algo similar ocurre en los feeds de las redes sociales. Cuando un conflicto deja de entretener —es decir, cuando deja de vender—, el contenido sobre él empieza a disminuir, hasta tal vez desaparecer de algunas plataformas. La guerra termina en TikTok, aunque siga teniendo lugar en la vida real. Esa es la mercantilización mediática de la muerte y de la guerra.

 

Fuente: FB " A LA URUGUAYA"

 

La gran Bestia Pop

Pero la guerra mediatizada no solo se vuelve espectáculo: también se integra a una cultura estandarizada que gestiona incluso la conmoción. El sistema cultural contemporáneo estandariza la experiencia, administra la atención y ofrece diferencias dosificadas que no rompen el marco general, mientras integra incluso la crítica, el disenso y la guerra a circuitos de consumo, circulación y permanencia. Entonces, no importa si se trata del horror de la guerra, del gesto contrahegemónico de Bad Bunny o de la conciencia ecológica y la sustentabilidad: cualquier novedad o amenaza al sistema es deglutida por la maquinaria, procesada y empaquetada para el consumo, con la dosis justa de impacto, rebelión y ética para hacernos sentir que elegimos libremente, cuando en realidad el objetivo es mantenernos dentro de su lógica.

 

 

Reproducción ad aeternum

Hay todavía otro aspecto. La mediatización no solo banaliza la guerra y la muerte, sino que también altera su estatuto simbólico: la muerte ya no aparece como acontecimiento único e irrepetible, sino como imagen reproducible. Ya no se respeta la singularidad de un momento sagrado. Una muerte filmada o fotografiada puede repetirse indefinidamente, perdiendo así la irrepetibilidad propia del acontecimiento. Lo sagrado del instante queda erosionado por la lógica de la reproducción. ¿Estamos desacralizando la muerte de personas reales y convirtiéndola en una experiencia de consumo masivo?

Hay algo también profundamente borgeano en esta lógica de la reproducción infinita. En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, presenta la frase: “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.” ¿No podríamos decir lo mismo de las redes?

Pero además de Borges, Bioy Casares también nos acerca una inquietud sobre la repetición en La invención de Morel: esa extraña promesa de eternidad que ofrece la reproducción, esa posibilidad de seguir estando en imagen aún cuando la vida ya no está.

En ese sentido, los medios parecen ofrecer frente a la muerte una forma de trascendencia más concreta y verificable que la prometida por la religión en el más allá.

 

 

 

Mundos paralelos

Y al final, pareciera que a la realidad la construye el algoritmo, otro filtro de edición, de modo que cada uno termina habitando un mundo distinto. Por mi parte, en este conflicto de Medio Oriente intenté no prestarle atención, y por eso últimamente casi no veo nada sobre la guerra. Podría pensar que no existe, salvo cuando hablo con amigos y conocidos y me cuentan su preocupación. Y ahí también me pregunto otra cosa: ¿soy egoísta por no prestarle atención? Pero si la siguiera de cerca, si me mortificara y aun así no hiciera nada para ayudar —como si pudiéramos hacer mucho frente a estas potencias—, ¿Serviría de algo? Sobre todo frente a algo que nos excede de esta manera y nos genera tanta impotencia, de nuevo ¿sirve de algo preocuparse? Creo que es mejor ocuparse de lo que está en nuestro alcance y no solo preocuparse. Si nos preocupamos, que sea porque podemos ocuparnos.

Y vos, ¿qué pensás?

Un abrazo desde Creta,

Flor / Popita 🧜🏽‍♀️ 🌊

 

 

 

 

*Muchas de las imágenes de esta entrada fueron creadas con la asistencia de la AI

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About Popita de Creta

Hola! Soy Flor. Diseñadora, amante de los colores, exploradora incansable, eterna estudiante, aprendiz de astróloga y aspirante a escritora. Podría seguir sumando etiquetas, pero... Acaso no terminan limitándonos? Al final, simplemente somos. Y eso, creo, es lo que realmente importa.

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One thought on “La guerra en la era de TikTok: la guerra como espectáculo

  1. sergio dice:

    Muy profundo el articulo. Lamentablemente. Mientras lo vemos de lejos, parece una película q se transforma en realidad cuando estás ahí y se pierde u ser querido. Me encantó la comparación con la frase de Borges

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