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3-2. Diez minutos que duraron una eternidad. Una reflexión sobre roles y esencias, sobre patrias inventadas que igual se sostienen, y sobre cómo, ganando o perdiendo, seguimos siendo.
0-2 abajo
Atlanta, 7 de julio. Octavos de final del Mundial de fútbol de 2026.
Egipto nos estaba dando una gran paliza con 2-0, y hubieran sido 3 sus goles si uno no hubiera sido anulado. El optimismo albiceleste se iba extinguiendo a medida que los minutos pasaban y nos acercábamos al cierre sin ninguna anotación. Ni los locutores, que hasta hacía poco seguían diciendo que no estaba todo perdido, podían disimular la agonía de su entusiasmo. Ya estábamos fuera. O eso decía la lógica. Cómo remontar un partido al final del segundo tiempo? No necesitábamos un gol, necesitábamos dos para empatar, y dejar la suerte librada a los penales. Suerte que no convenía tentar, viendo la calidad de las atajadas del portero egipcio.
Yo lo vivía desde Creta, en soledad, con el desfase horario y un delay de transmisión de varios minutos. Y faltaba poco. Muy poco. Egipto, a mi entender, jugaba bien. Si ganaba se lo merecían. Pero bueno, puedo estar en Grecia, en la China, o en Kenia, puedo tener doble pasaporte y sangre variopinta, pero el corazón al final siempre tira donde las raíces y los afectos están. Me dije a mí misma que era solo un partido de fútbol, convenciéndome que tampoco me importaba tanto. Era demasiado angustiante seguir viendo, pero no tenía el coraje para apagar la televisión. Pensaba que un buen hincha alienta a su selección en las buenas y en las malas. Al final, los que están dándolo todo en nombre de un país, son los que están en la cancha.
Me puse a hacer otras cosas con el partido aún de fondo. Apuesto a que muchos de ustedes también. Escuché aplausos de mi vecino Dimitris, que también estaba viendo el partido, me asomé… no llegaba a entender hasta que cantan el gol en mi transmisión. Algo se encendió adentro de todos los argentinos. Aún quedaba esperanza. Aunque... qué tan posible era meter otro gol con tan pocos minutos faltantes? Decido seguir haciéndome la desentendida, no vaya a ser que si ahora me volvía a pegar a la pantalla rompía la cábala.
Otro gol, también llegado después de los aplausos de Dimitris. Y sin darme tiempo a entender lo que sucedía, otro. Los últimos minutos se hicieron eternos, en un partido así, cualquier cosa podía pasar. Pero contra toda lógica, Argentina a cuartos, Egipto fuera. Un partido de infarto, y una alegría catártica. Seguimos en juego. Evidentemente hay cosas que superan la razón. Y un gran aprendizaje… mientras queden minutos, hay esperanza, aunque todo a tu alrededor parezca perdido.

La otra cara del festejo argentino, es la tristeza de los egipcios. Los jugadores de Egipto llorando en la cancha, calculo que aún sin poder entender cómo se puede haber dado vuelta un resultado tan rápido, en los últimos minutos. Habían dado todo, habían estado tan cerca, y aún así. Me daban mucha pena, empatizaba con su desilusión. Es que nosotros también estuvimos en esa situación muchas veces. De hecho, estuvimos a punto de ser nosotros los que llorábamos, en este mismo partido. Eran ellos o nosotros. Menuda dinámica en un mundo que necesita más paz y unidad. Pero no hay que olvidarse que es solo un juego, al menos para los espectadores. Para otros es un gran negocio. Nada nos garantiza tampoco que no seamos nosotros los que lloramos en el próximo. Y acá es donde me interesa detenerme: el llanto y la fiesta son roles que se intercambian, no propiedades permanentes de nadie.
Pero antes de seguir, dos cosas. La primera: sí, sé que hay quienes opinan que una mujer no sabe de fútbol. Yo soy de esas, cada mundial me tienen que volver a explicar qué es un offside, córner y demás. A esos les recuerdo amablemente que esas son tecnicidades para reglamentar algo muy simple, porque más allá de las pasiones que despierta y los millones que mueve, al final estamos hablando de chabones corriendo atrás de una pelota. No es física cuántica.
La segunda, el tema de las cábalas en los partidos. Al día siguiente circulaba una noticia en las redes sobre una señora que entró a una farmacia y en ese momento Argentina anotó el primer gol. En una especie de secuestro consentido, la sentaron en una silla y no la dejaron ir hasta que terminó el partido. Es un tema que da para otro post.

Sono triste, sto offside
El español tiene algo que el inglés y el italiano no tienen: dos verbos para lo que en esos idiomas es uno solo.
To be. Essere. Un solo verbo para todo. En italiano se dice sono triste — literalmente, “soy triste”. También tiene el verbo stare, pero ese se usa para dónde estás o cómo anda tu salud, no para lo que sentís. Ahí las emociones se las queda enteras el essere.
Cuando empecé a vivir con Mike, que es italiano, esa frase me hacía ruido. Yo decía sto triste (“estoy triste”). O algo peor, probablemente típica frase de mujer millennial y de nuestras “Almond moms” (nuestras madres flacas-a-toda-costa): sto grassa (queriendo decir, estoy gorda). Mike me corregía, con razón gramatical de su parte: sono triste, y la horrorosa e inescuchable rotunda afirmación, de un estado aparentemente inalterable: sono grassa (lo que yo entendía como “soy gorda”). Pero yo seguía resistiéndome a quedar condenada por una emoción o un estado que para mí era transitorio.
La diferencia no es menor. Decir "soy triste" es una declaración de identidad. Decir "estoy triste" es una descripción de estado. Una fija. La otra pasa. Pero bue, quién soy yo para cambiar las reglas gramaticales del italiano?
Cuando Argentina estaba 0-2 abajo, el equipo estaba perdiendo. No era perdedor. Nadie en esa cancha era nada de manera permanente. Ni los que festejaban ni los que sufrían. Todos estaban en un estado que el tiempo siguiente podía revertir, como pasó. Argentina es el actual campeón todavía, pero eso también puede cambiar dentro de unos días. Nunca mejor explicado que en el fútbol donde la ostentación del título siempre es transitoria.

Esa distinción, que en español parece gramatical y en realidad es filosófica, la pensó en profundidad un filósofo argentino llamado Rodolfo Kusch. Nació en Buenos Aires en 1922, de familia alemana, y pasó sus últimos años en Maimará, Jujuy: un detalle que no es anecdótico sino que dice todo sobre su pensamiento. Kusch propuso una distinción entre el“ser alguien” (la aspiración moderna de tener una identidad definida, un lugar fijo en el mundo) y el “estar no más”, que no es resignación sino otra manera de existir: situada, corporal, con los pies en la tierra, ligada al presente y al territorio.
Para Kusch, la tradición filosófica occidental se había obsesionado con el ser abstracto y eterno, y había perdido de vista el estar concreto. Y encontraba en las culturas indígenas americanas, especialmente el quechua, una cosmovisión que ya lo sabía: que existir es siempre estar aquí, en este momento, en esta circunstancia. No flotar definido para siempre.
Le marcaron una debilidad real a su argumento: el ser/estar existe en todo el español, también en el de España, así que el idioma solo no explica nada. El asunto era cultural, no gramatical. Aun así, la intuición me sigue pareciendo cierta: hay una diferencia entre lo que somos y lo que estamos siendo.
Kusch venía leyendo a Heidegger, que ya había dicho algo parecido con el Dasein (en alemán, literalmente, “ser-ahí”): para Heidegger, existir nunca es flotar abstraído del mundo, siempre estamos situados en algún lugar, en algún tiempo, en alguna historia, con toda nuestra circunstancia encima. Kusch tomó esa idea y la llevó más al cuerpo, más a la tierra, más nuestra.
Entonces, para los que perdieron un partido, en la cancha o en la vida: no es una etiqueta definida, es solo un estado temporario. Y lo mismo pasa para el vencedor, así que humos abajo.
Me pasa algo similar con algunas instituciones que parecieran tener la jerarquía oxidada. Mientras cursaba mi máster en La Sapienza, en Roma, veía a varios profesores necesitando marcar credenciales todo el tiempo, el título antes que la persona, la distancia como método de trabajo. A mi modo de ver, el “ser” profesor es apenas un rol. Muchos de esos alumnos, jovencísimos y aterrados frente a esas figuras exaltadas, probablemente les podrían haber dado ellos una clase magistral sobre redes sociales, o sobre tantas otras cosas útiles hoy. De nuevo: todo es cuestión de roles.
En la astrología hay dos arquetipos que nombran justo esta tensión: Júpiter y Saturno. Saturno es la autoridad que necesita el cargo para sostenerse. Impone, exige formalidad, marca distancia, y puede volverse rígido y castrador porque sin el rol no tiene nada. Júpiter, en cambio, es la autoridad que se gana transmitiendo, inspirando, sin necesitar imponerse porque convoca.

Abracadabra
“Dijo Dios: hágase la luz. Y hubo luz.” Mucho antes de que la filosofía le pusiera nombre, el Génesis ya sabía que las palabran crean. La luz no existía y después de la frase, existe. Ese es el acto de habla más antiguo y más popular que tenemos.
Hay un experimento muy difundido, el del arroz de Masaru Emoto, donde se supone que el arroz expuesto a palabras positivas se conserva mejor que el expuesto a palabras negativas. La idea circula mucho, y hay mucha gente lo repitió en casa. Más allá de que no hay evidencia científica que valide la prueba, la idea subyacente, que las palabras tienen efectos reales sobre la realidad, sí tiene respaldo serio.
Hoy sabemos, a través de la neurociencia, que el cerebro no recibe las emociones prefabricadas: las construye activamente, y el lenguaje juega un papel central en esa construcción. “Soy un fracaso” y “estoy teniendo un momento difícil” no son dos maneras de decir lo mismo. Son dos construcciones distintas que activan respuestas emocionales y fisiológicas distintas.
Por eso me resistía a decir sono triste, o sono grassa, en italiano. No era capricho ni error. Era, sin saberlo, una práctica de higiene lingüística. La terapia PNL (Programación Neurolingüística) hace de esto su esencia.
Don Miguel Ruiz, autor mexicano conocido por popularizar una espiritualidad de raíz tolteca, pone esto como primer acuerdo en Los Cuatro Acuerdos: sé impecable con tus palabras. Las palabras decretan. No son neutras. Lo que decís sobre vos, sobre los demás, sobre el partido que estás mirando, todo eso construye algo.
Orwell lo llevó al extremo distópico en 1984: si el régimen te saca las palabras, te saca la posibilidad de pensar o sentir lo que esas palabras nombraban.

Bergson en el 92’
Hay otra dimensión del partido que me quedó resonando, y tiene que ver con el tiempo. Cuando Argentina mete el tercer gol alrededor del minuto 93, yo estaba hablando con mi mamá por teléfono mientras seguíamos el partido. Mi mamá no paraba de decirme: pero cuánto falta, por qué no termina ya, eterno este partido.
Henri Bergson, filósofo francés de fines del siglo XIX, distinguió entre el tiempo del reloj (medido, divisible, cuantificable) y lo que llamó durée: la duración vivida, interior, continua. Un flujo que no se puede dividir en partes iguales porque cada momento pesa distinto.
Los últimos veintipico minutos del partido Argentina-Egipto son el ejemplo perfecto. En el reloj, el minuto 78 y el minuto 92 duran lo mismo. En la experiencia, no tienen nada que ver. El 78 pasaba rapidísimo. Íbamos perdiendo y no nos quedaba tiempo para remontar el resultado. Sin embargo, la selección argentina supo estirar 13 minutos y meter 3 goles, instantes antes de terminar el partido. El minuto 92, después del tercer gol, era una eternidad suspendida. Por el contrario, los egipcios, probablemente, sentían los minutos correr más rápido robándose su sueño de calificar a cuartos. Dos ejemplos donde el tiempo del reloj y el tiempo vivido se separaron completamente.
Nunca vamos a saber cuánto duraron realmente esos minutos. El reloj dice trece. Bergson diría que esa respuesta no alcanza.

Tucumano, salteño, o Scaloneta
Mientras miraba a los jugadores de Argentina festejando y cantando por su país, pensaba en algo que me parece cada vez más curioso. El fútbol moderno es un mercado. Los jugadores se compran, se venden, cambian de clubes, de ligas, de banderas deportivas. La pertenencia, en el fútbol profesional es, en muchos casos, una construcción compleja y negociada. Los hinchas, en cambio, siguen a muerte a su equipo, pero los jugadores se venden, a veces incluso al rival. Y sin embargo ahí estaban los jugadores de Argentina en el vestuario, cantando con algo que no parecía actuado.
Qué es eso que aparece?
Néstor García Canclini, antropólogo argentino, referencia ineludible para pensar la cultura latinoamericana, argumentó que las culturas son siempre híbridas. No hay identidades puras. Argentina es italiana, española, indígena, africana, árabe, judía: todo mezclado y transformado en algo que no es ninguna de esas cosas pero las contiene a todas.
Hay una escena de Martín (Hache) (película de 1997) que le discute esto a cualquiera que se emocione con una camiseta. Martín, el personaje de Federico Luppi, le dice a su hijo que sentirse patriota es una tontería, que “la patria es un invento”; que un tucumano o un salteño le son tan ajenos a él como cualquier extranjero, números sin cara. Lo único que de verdad se extraña, dice, son los amigos, la gente concreta. No el país.
Su discurso es persuasivo, casi que me convence. Pero después recuerdo lo que siento cuando vuelvo a Argentina. Ya en el aeropuerto, los operadores que te hablan en la lengua, timbre y tono que te resulta más familiar. Las charlas en la fila de migraciones con otros argentinos volviendo como yo. La radio prendida en el taxi, con los mismos lamentos y problemáticas de siempre. Ver las sierras que me vieron crecer, las tiendas de barrio que milagrosamente siguen en pie y donde el dueño me saluda por mi nombre; el poder hablar con los mismos códigos, sin tener que explicar tanto. La comodidad de lo conocido, del llegar a “casa”, aunque se elija vivir en otro lado.

Y esa noche del partido con Egipto, subo una historia a mis redes sociales, mostrando mi solitaria tarde, y recibo respuesta de amigos en distintas partes, con la camiseta mirando el partido. Incluso de una amiga en Australia donde el espectáculo tocó a la madrugada, desde la cama, tapada hasta la nariz, pero viendo el partido. Y pienso de nuevo en esa noche, mirando la pantalla desde Creta, sintiendo los aplausos de Dimitris del otro lado del balcón, que me llenaban de orgullo; los comerciales de época mundialista que emocionan, y vuelvo a sentir lo mismo, potenciado por los x millones acompañando el mismo momento y sentimiento. Sin grieta, sin banderas políticas, sin clase social. Argentino. Y quizás la patria de nuestras raíces (o a veces la que elegimos) es distinta a esos estados que van y vienen con un resultado en la cancha. También es una construcción, también está siempre haciéndose, pero no se te escapa de un partido a otro. Se construye, sí, pero se sostiene. Ese sentimiento colectivo me parece real, aunque la patria, como dice Martín, sea un invento.
Algo hace que un grupo de personas con historias distintas, criadas en distintos barrios y distintas familias, se junten y canten la misma canción con la misma intensidad. No es pureza. Pero tampoco es solo artificio. O si lo es, es un artificio que se siente como otra cosa. La necesidad humana de pertenencia. Es lo que nos transforma en colectivo, nos cohesiona.
Somos siendo
Hay una frase que uso hace tiempo y que siento que cierra todo esto mejor que cualquier cita.
Somos siendo.
Kusch decía “estar siendo”, Heidegger decía Dasein: ser-ahí, siempre encarnado en una circunstancia concreta. Los dos hablan de un sujeto en proceso, solo con su existencia.
Pero yo le agrego el somos, porque me parece que la dimensión colectiva es inseparable. No solo estoy siendo. Estamos siendo juntos, en este momento, en este partido, en este idioma que distingue el ser del estar, en esta mezcla de culturas que no es pura pero es real. Somos gerundio.
Esto puede ser una afirmación polémica, pero Argentina no ganó porque es mejor. Ganó porque estuvo mejor en esos trece minutos. Egipto no perdió porque sea peor. Estuvo en el lado equivocado del marcador esa noche. La próxima vez puede ser al revés. O puede ser otro el que llore. Eso es lo que tiene el fútbol y, si me apurás, la vida: que los roles rotan, los estados cambian, se ganan y se pierden partidos, títulos, rachas.
Pero hay algo que no rota con el resultado. Lo que sentí esa noche, lo que sintió mi amiga en Australia tapada hasta la nariz, lo que sintió medio país pegado a la pantalla, eso no se pierde si Argentina hubiera perdido. Ese vínculo no es el trofeo. Es el gerundio: lo que se sigue construyendo, partido tras partido, gane quien gane. Eso es lo permanente. No el resultado. El estar siendo, juntos, una y otra vez.
Posdata
Kusch, Heidegger, Bergson. Los aprendí en una clase de filosofía cuando tenía alrededor de 20 años. El profesor, cuyo nombre no recuerdo (y eso también me parece significativo), los transmitió de una manera que ningún manual hubiera podido. No sé si alguna vez supo el efecto que esa clase tuvo. Probablemente no.
Uno nunca sabe a quién inspira. Esa es razón suficiente para transmitir, guiar, en vez de imponer autoridad. Otro motivo para ser impecable con las palabras. Ese profesor, sin saberlo, era puro Júpiter.
Y vos... Cómo viviste el partido? Te sentís unido a tu patria? Sos impecable con tus palabras?
Un abrazo desde Creta… y vamos Argentina!
Flor / Popita 🧜🏽♀️🌊
*Muchas imágenes de este post fueron creadas con asistencia de la IA

