Buen camino – diario de una peregrina accidental

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163 kilómetros. 8 días.

Dos capillas que aparecen de la nada justo cuando las necesitaba. Un par de ampollas, aunque menos de las esperadas. Y una historia de terror.

 

Día 1 — A Guarda-Oia · 13 km
Arrancar tarde

Empezamos en un tren.

Porque en realidad no salimos desde Porto. Desde allí tomamos un tren y un Uber para cruzar a España, y llegar a A Guarda, un pueblo gallego en la frontera con Portugal. Ahí empieza nuestro viaje realmente, casi a las 7 de la tarde.

Sí: el primer día del Camino de Santiago empezamos a unas solitarias 7 de la tarde.

 

Arrancando!

 

El Atlántico aparece a nuestra izquierda casi de inmediato. El mar rumiante chocando con violencia contra las piedras da el marco dramático justo. La vegetación exuberante del otro lado, sol bajando de a poco, el aire con ese olor a sal y a principio de algo. Todo me parece de cuento. El verde, el mar, las casas de piedra. Nos dejamos atrapar por el halo místico que envuelve a este camino, y en unas rocas, balconeando al mar, hicimos un pequeño ritual de intención.

"¡Buen camino!", nos dice alguien desde la vereda, con un brillo en los ojos que no distingo si es porque ya vivió la experiencia o tiene la ilusión de hacerla algún día.

"¡Ya falta poco!" Nos motiva otro transeúnte, probablemente pensando que estamos haciendo los 280 km que separan Porto de Compostela, o los 634,5 desde Lisboa.

Buen camino.

 

 

Llegamos al primer pueblo, Oia, con un atardecer espectacular, y justo el día que empiezan las fiestas patronales. Muy gentil, la propietaria del albergue nos sugiere buscar alojamiento más alejado. Se espera que la fiesta dure hasta las horas que un peregrino tiene que amanecer. Las piernas todavía están bien. Nos sacamos una selfie. Le digo a Mike que él sale mejor. Me mira y me dice: "Si vos te vieras como te veo yo... no dirías estas cosas."

Me emociono. Y esa frase me acompañaría todo el viaje.

 

 

Día 2 — Oia-Baiona · 18,6 km
Los viejos cancheros

Aún sin habituarnos a la madrugada peregrina, salimos alrededor de las 11. Al final, ¿quién nos corre? ¿Qué otra cosa tenemos que hacer más que caminar sin importar el horario de llegada?A diferencia del día anterior con nuestro horario excéntrico, el camino está más habitado. Van apareciendo peregrinos identificados con la concha de mar con el emblema en rojo, colgados de la mochila. La mayoría camina, pero también hay quienes lo hacen en bici. Incluso nos iremos cruzando con un chico que lo hace corriendo, con una mochila pequeñísima y a un ritmo que lo hace parecer alado y etéreo.

La primera subida larga llega sin avisar. Y ahí, justo cuando empiezo a preguntarme por qué exactamente decidí hacer esto, aparece a mi lado una señora de unos setenta y pico años. Mochila pesadísima. Bastón. Ritmo absolutamente imparable. Me mira, sonríe, dice "¡Buen camino!" con un acento que no sé ubicar, y me deja atrás sin esfuerzo aparente. Y eso que yo hice trampa: contraté un servicio de transfer de mochilas.

Guardo mis preguntas existenciales y sigo.

 

Estructura antigua

 

A media mañana pasamos por un pequeño pueblo y veo algo que me detiene: una estructura de piedra techada, con una pileta larga en el centro, llena de agua estancada. Tardo un momento en entender qué es. Una lavandería pública de antaño. Todavía en pie, todavía con agua, pero desierta desde hace décadas. Esta imagen se repetirá en casi todos los pueblos que atravesaremos.

Me quedo mirándola más tiempo del que esperaba.

Me imagino la cantidad de vida que concentraba ese lugar. El punto de encuentro de las mujeres del pueblo, que mientras lavaban hablaban de sus preocupaciones, compartían remedios, sus penas y alegrías. La versión de otro siglo del grupo de WhatsApp. Ahora está vacía, y lo que queda es agua quieta y piedra vieja. Un vestigio no solo de un pasado, sino de otra forma de vivir — más comunitaria, más lenta.

 

Antigua lavandería

 

En los jardines de casi cada casa hay una estructura curiosa: pequeña, elevada sobre columnas de piedra, parecida a una mini capilla sin paredes. Nos cuentan que son los hórreos — antiguos graneros suspendidos para evitar los roedores. El tamaño, por lo visto, sí importa... Bueno, al menos para los hórreos, ya que era una declaración de estatus.

¿Cuántas capas de historia nos atraviesan materialmente en nuestras vidas?

 

Hórreo

 

Seguimos, dice Mike desde adelante.

Seguimos.

En una esquina de otro pueblito, un improvisado puestito de limonada fresca. Los tres pequeños emprendedores que lo administran nos miran con curiosidad. Me acuerdo de las tardes de verano en mi barrio, con el kiosco que armábamos con mis primas en la vereda. El menor de los comerciantes me saca de mi ensueño. Me acerca una caja de chinches con un mapa y me pregunta insistentemente de qué país vengo. Quiere que lo marque en el mapa. Mientras, veo el brillo en los ojos de una de las niñas, que me observa con una admiración injustificada. Una futura peregrina, pienso para mis adentros.

Primera noche de cuarto compartido. Nos acompañan dos parejas de aproximadamente 60 años, de Zaragoza. Van a empezar el camino mañana. Yo me hago la canchera dando algunos tips — me siento autorizada después de dos días de caminata. Hasta que me doy cuenta de que era su segunda vez, y para uno de los hombres, la sexta. Quedó el chiste de que todos los "viejos" del camino son unos cancheros con más aguante que alguien veinte años más joven.

 

 

Día 3 — Baiona-Vigo · 29,1 km
El día más duro

Casi 30 kilómetros. El día más exigente.

Salimos del albergue con los demás peregrinos en una marcha silenciosa y algo sonámbula. Hay algo muy extraño y muy hermoso en caminar en grupo sin hablar al amanecer. Cada uno con su cabeza, su mochila, su razón para estar ahí. Todos en la misma dirección.

Bosques, barrios con casas espectaculares frente al mar, olas golpeando fuerte contra las piedras. Playas con surfers. Gente con zapatillas, mochila y palos de trekking, caminando en procesión sobre la arena, entre sombrillas, turistas en bikini y tablas. En una de esas playas, nos sentamos un rato. Elegimos piedritas para cargarlas hasta Compostela y dejarlas ahí — un ritual que muchos peregrinos hacen: llevar algo del camino hasta el final.

 

Playa llegando a Vigo

 

Más adelante, paramos a almorzar en una cantina al frente del mar. Al lado nuestro, otra mesa con peregrinos. Una pareja de Bulgaria y María, una señora que me atrevería a decir que de más de 70 años (venía caminando desde Porto), tomándose una sangría antes de seguir caminando.

La entrada a la ciudad de Vigo es lo más duro. Una recta larga de cemento, toda transpirada, sin ver las horas de llegar. Arribamos al hostal al atardecer, parece que los pies no soportan otro trajín. Sin embargo, nos duchamos, se restaura la energía y salimos a dar una vuelta, eso sí, caminando bastante raro. Un mirador, lluvia, un arcoíris, el sol poniéndose y todo con un filtro amarillo. Divino.

 

Vigo

 

En el hostal nos cuentan sobre un polaco que estuvo por allí hace unos días. Más de 70 años, estaba haciendo Porto a Compostela en 6 días — es decir, 280 km, aproximadamente 46 por día. El modo competencia de Mike se activa, y necesito esquivar varias veces su insistencia en hacer más kilómetros por día. Pesado.

No tenemos mucho más que hacer. Pienso cómo uno en el día a día va tan estresado, tan en su cabeza, y acá en el Camino, por primera vez en mucho tiempo, no tengo nada que hacer más que caminar. El tiempo adquiere otra textura. Sin preocupaciones. Sin lista de pendientes. Llegás y tenés horas libres de verdad. Siento que estoy conectando con una parte más esencial mía. Hace mucho que no me pasa eso. Acostada en la cama, miro a Mike y pienso, con la mente menos contaminada, en cómo a veces me olvido de lo excepcional que es la persona que tengo al lado. Algunas cosas solo se pueden ver cuando el ruido baja.

Y acá hay algo que vale la pena nombrar. Pasamos la mayor parte del día en un plano abstracto: pantallas, notificaciones, pensamientos sobre lo que pasó o lo que va a pasar. El cuerpo está ahí, quieto, siendo ignorado. Le pedimos que funcione pero rara vez le prestamos atención mientras lo hace.

El Camino invierte eso por completo. La ampolla, el hambre, el agobiante calor del mediodía, el momento en que las piernas dicen basta y vos decidís seguir igual — todo eso no es el costo del viaje. Es el viaje. El cuerpo no es el vehículo hacia una experiencia más elevada: en cierta manera, es la experiencia en sí. En un mundo que se volvió cada vez más sintético y mediado, volver al cuerpo que siente en tiempo real tiene algo casi radical. Presencia pura. No por el cuerpo en sí, sino porque nos trae al aquí y ahora. Nos enraíza — algo que todos mis terapeutas me han dicho alguna vez que necesito.

 

 

Día 4 — Vigo-Redondela · 15 km
En busca de las señales

Hoy para seguir el camino tenemos que cruzar Vigo, que es una ciudad grande. Y algo cambia.

Las flechas amarillas sobre fondo azul que venimos siguiendo desde el primer día — el hilo de Ariadna del peregrino — empiezan a escasear. Nadie te desea buen camino. Cada uno está en su mundo, en su vida cotidiana.

Pensé en cuántas líneas de realidad conviven sin tocarse en el mismo espacio. Para nosotros, esas flechas son todo — sin ellas, perdidos. Para los que viven acá, son parte del paisaje, o directamente invisibles. Hay turistas que pasan, las ven, y no saben qué son. O ni las ven.

Viví algo parecido cuando vivía en Roma. Una ciudad con estratos de historia superpuestos — imperial, medieval, renacentista, barroco, contemporáneo, todo junto y revuelto. Pero además conviven Romas paralelas: la de los peregrinos que vienen al Vaticano, la de los residentes que cruzan la Piazza San Pietro como cualquier plaza, la de los estudiantes, la de los inmigrantes. Cada uno leyendo señales completamente distintas. Invisibles para los demás.

Así funciona la significación. No es universal. Es una frecuencia.

Cuando salimos de la ciudad, aparecen de nuevo las flechas. Y volvemos a ser peregrinos.

 

 

En el empedrado del camino, un poco más adelante, leo una inscripción casi borrada: Via Romana XIX. Estamos caminando sobre una ruta militar romana del siglo I después de Cristo. Los locales dicen que debajo hay capas celtas anteriores. Habitamos espacios construidos sobre lo que otros dejaron, casi siempre sin saberlo.

El paisaje ha cambiado. El mar a veces solo se ve a lo lejos. Ahora casi todo es sendero por el bosque, interrumpido por pueblitos.

 

 

Damos una vuelta por Redondela. Se están preparando para el festival de la Coca, una especie de dragón patrón de la ciudad. En las callecitas, los niños jugando a la pelota y las abuelas sentadas en grupo separando hojitas y flores para usarlos en diseños en las callecitas para el día del festival.

Nos sentamos en una plaza a observar la gente pasar. Veo parejas de viejitos muy elegantes, tomados de la mano o ella agarrada del brazo de él. Ritmo lento, solo pasean. Un paseo que seguro repiten muchos días de su vida. Pero no parecen aburrirse. Escucho algunas conversaciones al pasar: "No, porque ella es guapa, pero está gorda ahora...", "La Mari dijo que iba a ir, pero me parece que no quiere...". Los hombres, callados, parece que escuchan atentamente. Pero a mí no me engañan: tienen la función MUTE activada.

 

Redondela

 

Día 5 — Redondela-Pontevedra · 21,3 km
La capilla salvadora

Hoy el cuerpo dijo que no.

Me doy cuenta temprano que tengo mi período. Salimos igual, pero mientras camino me voy sintiendo cada vez peor. Calor, mareo, sudor frío, analgésicos que no funcionan, la sensación de que me puedo desmayar. Tenemos que frenar varias veces.

Decido seguir despacio. Vemos una capillita en el siguiente pueblo. Entro, me recuesto en el banco con la mochila atrás, y duermo unos 5 minutos profundísimos. Me despierto como nueva.

El camino es por bosquecitos. Hay un río, Mike se baña. Agua helada. Lo hace como Wim Hof. 

 

 

Caminando por el bosque — esos momentos en que el cuerpo va solo y la mente flota — empiezo a pensar en todo lo que la humanidad caminó antes que yo. Hace unos años viajé por Myanmar y visité una pagoda budista donde había unas estatuas de Buda completamente deformes, pero fielmente adoradas. Casi irreconocibles como figuras humanas — se habían convertido en masas amorfas doradas. La explicación es que los peregrinos tienen la costumbre de pegarles láminas de oro al rezar, y con los siglos las estatuas fueron perdiendo la forma original. Esa deformación no es deterioro. Es la acumulación física de millones de plegarias. El testimonio material de años de esperanzas depositadas. Me impactó más que cualquier obra de arte perfecta.

El Camino de Santiago es eso mismo. Una acumulación de siglos de intenciones.

 

 

Los musulmanes peregrinan a La Meca. Los hinduistas van al Ganges, a Varanasi, donde bañarse en el río sagrado es purificación máxima. Los budistas tibetanos hacen la circumambulación del Monte Kailash a 5.000 metros de altura. En Jerusalén, los peregrinos tocan la Piedra de la Unción en el Santo Sepulcro. En Buenos Aires, miles caminan hasta la Virgen de Luján.

Y no son solo peregrinaciones religiosas. ¿Qué es Silicon Valley para un emprendedor tecnológico, sino una meca? ¿Qué es Abbey Road para un fanático de los Beatles? El mecanismo es el mismo: el rechazo a la comodidad de lo cotidiano para ir a buscar una fuente de sentido más grande.

Todos somos peregrinos de algo. La pregunta no es tanto hacia dónde caminamos, sino qué transformación buscamos, qué sentido más profundo perseguimos.

Esa noche me toca habitación compartida solo de mujeres. Sin ronquidos, y sin estruendosos pedos nocturnos, que aunque no lo crean me tocaron en las habitaciones mixtas de días anteriores.

 

 

Día 6 — Pontevedra-Caldas de Reis · 21,5 km
La segunda capilla (que no figuraba en el mapa)

Segundo día con el cuerpo en modo protesta.

Vuelve el malestar. Frenamos varias veces. En algún momento, tirada al lado de un río en el bosque, le digo a Mike: sigamos despacio, capaz encontramos otra capillita.

No hay ninguna cerca, me dice, revisando el mapa.

A los pocos metros aparece otra, igual a la de ayer.

Duermo incomodísima, pero profundísimamente 25 minutos. Me despierto lista para seguir. Segunda capilla que aparece de la nada exactamente cuando la necesito. El Camino tiene sus maneras.

Empiezo a pensar que quizás el cuerpo no se queja sin razón. Que quizás el Camino me está mostrando algo — que hay ritmos que no se pueden forzar, y paradas que no están en ningún mapa pero aparecen igual.

En algún momento pasamos por un conjunto de una iglesia, un cementerio y una Casa de la Misericordia donde ofrecen té, sellos y unos rollitos de papel con mensajes escritos. Saco dos — uno para Mike, uno para mí. El mío me toca justo.

Llegamos a Caldas de Reis al atardecer. El hostel tiene jardín y pileta climatizada. Me meto al agua y siento que me reconstituyo.

 

 

Día 7 — Caldas de Reis-Padrón · 19 km
La gente del camino

Hoy entiendo otra de las razones por  la que la gente vuelve: justamente, la gente.

Hay algo que el Camino hace extraordinariamente: te da permiso para ser alguien sin historia por un rato. Esa persona que camina al lado no te conoce en tu rol habitual. No sabe de qué trabajás, no tiene expectativas sobre quién deberías ser. Sos, simplemente, alguien que camina. Y en ese espacio vaciado de identidad habitual, estamos más cerca de simplemente ser.

Compartís esparadrapo con alguien cuyo nombre no sabés. Ayudás a quien lo necesita sin que nadie lo pida. Quizás estás durmiendo al lado del CEO de una importante multinacional, pero todos somos peregrinos en un albergue. Te cruzás por los pasillos con gente en toalla o pijama y el cepillo de dientes en la mano.

 

 

Creo que además de la gente, la magia del camino es que te vas despojando de todo lo que está de más, porque todo peso extra es molesto. Incluso en el esfuerzo cotidiano, con el aliento escaseando, la gota de sudor cayendo por la frente, las zapatillas llenas de tierra y caminando como pisando huevos, tu identidad artificial, performática se desvanece. La vida se va simplificando.

Me encanta cruzarme con grupos que cantan himnos mientras caminan. Con peregrinos que ayudan a desconocidos sin que nadie se lo pidiera. Todos hacemos el mismo camino exterior, pero nadie hace el mismo viaje interior. Y sin embargo hay algo que une: una fraternidad sin historia compartida previa. Lo más conmovedor son las personas que se han conocido haciendo otro camino años atrás y que ahora están haciendo este juntos.

Otras amistades son sólo del camino, y eso también se siente perfecto. Quizás te cruzas al día siguiente, quizás no. No capturaste ningún contacto, ni IG, ni mail, ni teléfono... quizás sólo el nombre.

 

 

Todo en el Camino es transitorio: los albergues son para una sola noche. Y sin embargo, o quizás por eso mismo, los encuentros tienen una intensidad particular. Como si la consciencia de lo efímero los volviera más reales, no menos.

Yo llegué al Camino desde una vida que ya de por sí es híbrida: argentina con pasaporte italiano, viviendo en Creta, trabajando para Holanda. La pregunta "¿de dónde sos?" ya me resulta difícil de responder en el día a día. Y aun así, en el Camino siento algo diferente. No la incomodidad de no caber en una categoría, sino la ligereza de no necesitar ninguna.

La palabra latina peregrinus significa exactamente eso: extranjero. El que transita tierras extrañas. El peregrino acepta voluntariamente volverse nadie por un rato. Y en ese vaciamiento, paradójicamente, aparece algo más verdadero. El cuerpo se mueve por la geografía, mientras el alma se transforma, se limpia el plano interior.

 

 

Y entonces, los sellos.

Tengo que hablar de los sellos.

Cada peregrino lleva una credencial — una especie de pasaporte del Camino — que se va sellando a lo largo de la ruta: en iglesias, albergues, cafés, oficinas de turismo, y también en el medio del bosque, donde algunos encontraron el negocio de instalar un stand improvisado con sellos de lacre, artesanías, y a veces un instrumento musical de fondo para la atmósfera. Los sellos de lacre con diseño particular son los más codiciados. Se hacen colas de cuarenta minutos. Se negocia con el dueño del bar para que selle aunque no hayas consumido nada. Se busca con el mismo fervor con el que alguien cazando un Pokémon raro.

 

 

Porque es exactamente eso. Ver a personas de setenta años corriendo por la ciudad con la credencial en la mano, preguntando a todo el mundo si saben dónde hay un sello especial, con esa concentración, ese brillo en los ojos, esa urgencia de completar la colección — es indistinguible de alguien jugando Pokémon Go.

Me reí muchísimo.

Pero miro mi propia credencial, los sellos que he juntado con tanto cuidado, y me doy cuenta de que yo estoy haciendo exactamente lo mismo. Que la señora de setenta años y yo somos la misma persona: un peregrino contemporáneo del camino De Santiago.

El Camino también es eso: descubrir que sos menos distinta de lo que creías. Coelho ya decía en su primer libro: es el camino de las personas comunes.

 

 

Día 8 — Padrón-Santiago de Compostela· 26 km
¿La llegada?

Amanecemos sabiendo que hoy es el último día.

Hay algo raro en eso. Una mezcla de alivio, de tristeza anticipada, de una emoción sin nombre exacto. Las piernas están destruidas en la medida justa. Las ampollas están donde están. Y hay algo adentro que se siente como espacio — como si hubiera menos cosas ocupando lugar que hace ocho días.

 

 

Caminamos los últimos kilómetros en un silencio diferente al de los otros días. Más denso. Más consciente. Aún pasamos por campos de vid y huertos con parejas de ancianos cosechándolos, con sus manos.

Y entonces aparece la Catedral.

 

Catedral De Santiago de Compostela

 

Entramos en silencio, como entraron peregrinos durante siglos. Subimos detrás del altar mayor para darle el abrazo a la estatua del apóstol, mientras el de seguridad controla que no hagas nada inapropiado o que otros en la fila no saquen fotos. Así y todo, el ritual logra rescatar cierta solemnidad. Pienso que no dista mucho del gesto de pegar láminas de oro en las estatuas de Myanmar — la misma necesidad humana de tocar algo que trasciende. Bajamos a la cripta a ver el cofre con sus famosos restos. ¿Soy religiosa o católica? Lejos de ello. Pero algo hay de poderoso en los símbolos, en las hierofanías que son adoradas con tanto fervor.

Afuera, en la plaza, un grupo de peregrinos canta el aleluya.

No es un grupo organizado. Es gente que llegó, que se encontró, y que con las mochilas todavía en la espalda empezó a cantar. Voces en distintos idiomas, distintos acentos, distintas razones para estar ahí — todos llegando al mismo punto después de haber recorrido caminos completamente distintos por dentro. Y también por fuera: en Compostela confluyen los peregrinos de todos los caminos — el Francés, el Primitivo, el Inglés, etc. Es que hay muchas maneras de peregrinar a Compostela. Y sin embargo, en muchos aspectos de la vida, hay quienes tienen el impulso de imponer una sola vía posible.

 

 

Vamos a la oficina del peregrino, mostramos la credencial con todos los Pokémons recolectados, y nos dan la Compostela, el certificado de que peregrinamos. En el documento dice que piden, por intercesión del apóstol, que el Padre se digne a concederle al peregrino las riquezas espirituales de la peregrinación, así como los bienes materiales.

Y al estar ahí pienso: ¿Es realmente la llegada? ¿La llegada a dónde? ¿Qué tiene de especial Santiago? Y ahí lo entendí — pero si siempre fue tan obvio. Nunca fue la llegada.

 

 

Día 9 — Santiago de Compostela· 0 km
Turista

El último día no se camina. Se digiere.

Volvemos a la Catedral. Nos cruzamos con los amigos de Zaragoza, que hicieron la variante espiritual del camino. Acaban de llegar, todos transpirados, llenos de tierra, agotados. Contrastan con nuestro olor a perfume, cara de descanso y energía. Ya no me siento peregrina. Ya parece que soy una turista más. Deambulamos por la ciudad y hago algunas compras. Por todos lados nos cruzamos con gente caminando un poco enquencle, como todavía nosotros.

 

Con el seminario de fondo

 

Y a la noche, ya de nuevo peregrinos en el albergue, Compostela nos regala los momentos más ridículos del viaje — que cuento porque el Camino también es eso.

Volvemos de pasear y nos encontramos con Miguel, el conserje de ese monstruosamente enorme albergue, al borde de un ataque de nervios. Justamente comentamos hace unas horas con Mike qué eficiente que era. Al vernos, es como ver al mismísimo apóstol Santiago. Totalmente feliz con nuestra oportuna aparición, nos pide que le tradujéramos lo que quieren dos mujeres napolitanas. Para hacer la historia corta, tienen una petición muy simple, pero no sé por qué la explican de manera totalmente enredada. Realmente es una escena digna de un film de Fellini.

 

Con Miguel

 

Me voy a bañar, aún riéndome por la escena anterior. El albergue es un lugar enorme, un seminario, con muchas áreas y pisos inhabilitados, y así y todo con 256 camas operativas. Estoy sola en el cuarto de duchas. Me estoy bañando feliz cuando de golpe, completa oscuridad. Sin ventanas. Sin nada.

Ahí empieza mi película: capaz hay alguien que apagó la luz a proposito. Alguien esperando en el pasillo. El lugar es enorme, las puertas no llegan al piso ni al techo... Un fantasma tampoco sería descabellado. Pienso en gritar pero me parece exagerado. No me van a creer, pero les juro que me imagino que alguien que se deslizó subrepticiamente en el cuarto puede estar en la ducha contigua con una hoz, para cortarme los pies desde abajo, para que no pueda escapar. Al final el miedo pudo más... me digo chau, me voy, dejo todo, abro la puerta, salgo con la toalla y shampoo en el pelo — y luz.

El sensor está en el pasillo de las duchas, no adentro.

Bueno, no se rían tanto. Me gustaría verlos en esa situación en un enorme seminario del siglo no sé cuánto.

 

 

Epílogo — El lunes, Teams y lo que queda

Volví. Ya es lunes. Tengo reunión en Teams.

Me conecto desde el mismo escritorio de siempre, con el mismo fondo de pantalla, con los mismos emails acumulados esperando. El mundo no cambió nada.

Pero yo sí, un poco. O al menos algo se movió.

Antes de salir volví a leer El Alquimista de Coelho. Hay una idea en ese libro que me parece genuinamente poderosa: el tesoro no está al final del camino. El camino es el tesoro. Santiago, el personaje, viaja miles de kilómetros buscando algo que termina encontrando en el lugar del que partió. La transformación no ocurre en el destino: ocurre en el tránsito.

El verdadero destino no es Santiago de Compostela. Es lo que te llevás cuando salís.

Sobre todo la pregunta: ¿hacia dónde estoy caminando en el resto de mi vida? ¿Con cuánta conciencia?

El Camino no da respuestas. Te cambia las preguntas.

Tampoco te voy a mentir... El estado zen me duró un día como mucho, quizás horas. Pero justamente esas preguntas, que siempre estuvieron dentro, ahora gritan con fuerza. Hay días en que les bajo un poco el volumen, otros en que no escucharlas me genera más incomodidad, otros en que las escucho y me pongo a tomar decisiones. Y también hay días que el contraste con la simplicidad del camino me hacen colapsar. Pero, como ya te dije muchas veces... somos siendo.

 

 

¿Hiciste alguna vez un camino así — el de Santiago, otro, o cualquier recorrido que funcionara como peregrinación para vos? ¿Algún viaje que te transformó profundamente? ¿Qué buscabas y qué encontraste?

Un abrazo desde Creta y buen camino!

 

Flor / Popita 🧜🏽‍♀️🌊

 

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About Popita de Creta

Hola! Soy Flor. Diseñadora, amante de los colores, exploradora incansable, eterna estudiante, aprendiz de astróloga y aspirante a escritora. Podría seguir sumando etiquetas, pero... Acaso no terminan limitándonos? Al final, simplemente somos. Y eso, creo, es lo que realmente importa.

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