Mar Adentro

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Aclaración antes de leer: voy a spoilear la última película de Nolan, La Odisea. Pero es como la Pasión de Cristo: ya sabemos de antemano cómo termina. Y creo que esa es la magia de este tipo de películas, no la expectativa del final, sino el camino en sí. La vida misma…

Nuestra pequeña odisea estival

En esta parte del mundo aún se siente el verano. Intenso, sólo da indicios de agonía cuando notamos los días un poco más cortos. Por el resto: turismo abarrotado, mar cálido, cielo despejadísimo, gota de sudor en la frente, y sobre todo, creo mi parte preferida: noches tranquilas, límpidas, estrelladísimas, con la temperatura justa. Por este motivo, decidimos ir a ver la última película de Nolan, de la que todos parecen estar hablando, pero en un cine a cielo abierto. Para el que no sabe, tengo debilidad por este tipo de espectáculos. Por años, organicé un acogedor ciclo de cine bajo las estrellas en la terraza de mi departamento palermitano en Buenos Aires. No habíamos ido nunca al cine en Creta, principalmente por el idioma, pero en esta ocasión se me hizo irresistible porque justamente es sobre mitos griegos, y no fueron pocos los mensajes que me llegaron que me decían que se acordaban de mí al verla.

Encontramos a La Odisea en cartelera en un Open Aire cinema en un gran complejo de entretenimiento al que nunca habíamos ido, cerca de la capital de la isla, Heraklion. Hace unos días me visitó una amiga que vive en Ibiza, una isla exponencialmente mas chica que Creta, y no podía creer la cantidad de lugares para visitar. Y sí, cada paraje turístico por el que pasas es un micromundo en sí mismo. Así llegamos a Ammoudara, este pueblo costero por el que nunca habíamos pasado en verano, y nos sorprendió la cantidad de gente, locales de souvenir, e invitadoras tabernas con lucecitas. Soportando el tránsito de temporada y esquivando turistas demasiado relajados como para cruzar la calle como si en Creta no existiesen los automóviles, llegamos al complejo Technópolis.

 

Fuente: Feelgreece.com

 

Para que entiendas un poco cómo funciona nuestra isla, semejante complejo no cuenta con estacionamiento incorporado, sólo una suerte de terreno baldío al costado, que parecería funcionar como el oficial, donde en la oscuridad cada uno estaciona como puede (o mejor dicho, como quiere). Ya sobre la hora, caminando sobre la tierra poceada, alumbrando con la luz del celular y ensuciando mis sandalias nuevas, tanteábamos la entrada al complejo. Como ya te dije antes, no estaba integrada, por lo que nos llevó fácil 10 minutos, que no nos sobraban, para entrar.

Luego de comprar las entradas en una máquina para evitar la larga cola, empezamos a buscar la sala, por intuición ya que no había ningún tipo de señalética, ni siquiera cifrada en el alfabeto helénico. Vemos una salida a un espacio exterior, y siguiendo a los demás, nos hacemos cortar los tickets. Llegamos a un enorme anfiteatro, casi lleno, y los pocos espacios vacíos, ocupados con alguna cartera, que viendo la cantidad, te hace pensar si realmente están esperando a alguien o es simplemente la costumbre del lugar para no tener que luchar codo a codo por le apoyabrazos con un desconocido. Logramos encontrar lugar en un par de sillas de plástico que parecían agregadas improvisadamente. La película debería haber empezado hacia 10 minutos, o al menos estar mostrando los comerciales, pero nada. Bueno, típico cretense, todo atrasado, pensamos. Pero seguían pasando los minutos, y todavía nada.

Empezamos a observar, y había demasiadas luces instaladas, y sobre todo, demasiada gente para una película proyectada cuando ni siquiera era el día de estreno, y cuando la proyectan varios días a la semana en varios cines de la ciudad. Los minutos pasaban, y en cambio cada vez se instalaba más fuerte la sensación de que algo no estaba bien. Desde lo lejos que estábamos del escenario principal, donde pensábamos que se iba a proyectar el film, logramos ver que había instrumentos, para una banda completa. Estaba claro, no habría Odisea allí, al menos no la proyección.

Volvemos al señor que nos cortó las entradas, nos miró confundido, miró el ticket, y no muy convencido nos indicó otra parte del complejo. Parecía más que nos quería sacar de encima para que la larga cola no siguiera creciendo, que saber a dónde nos mandaba. Llegamos a otra zona, nos vuelven a mirar las entradas y nos indican la sala. Sala cerrada, y por lo visto proyectando otra película. Le insistimos un poco en inglés y un poco en señas al hombre, que debo decir que si algo no les falta a la mayoría de los cretenses es amabilidad. Nos volvió a indicar para otro lado. Y así andábamos boyando de un lado para el otro, como Odiseo, sin cartel, ni información certera, brújula, ni ayuda de los dioses. Un custodio se dio cuenta de nuestro vagar, y nos indicó para una escalera en espiral, arriba de una zona donde asaban souvlakis, inundando el lugar con su aroma (y su humo).

 

Cine bajo las estrellas

 

Finalmente llegamos! Y nadie controlaba la entrada. Una acogedora pequeña terraza con asientos más mullidos que el anfiteatro, y la luna llena de fondo. Pero claro, hacía media hora que había empezado la película. En idioma original, subtitulada en griego. Pensaba que iba a ser más fácil entenderla, en cambio no entendimos nada. No me van a creer, pero con orgullo me di cuenta que algunas partes en las que no entendía el diálogo, cazaba algunas palabras de los subtítulos griegos! Menos mal que sé la historia, no por haber leído el poema original de Homero, pero por la cantidad de libros de los mitos por separado que leí de chica.

En algún momento del segundo acto empezó a colarse desde el anfiteatro grande la música griega de lo que resultó ser un concierto paralelo, mezclándose con las escenas de Nolan de una manera que explica claramente la idiosincrasia cretense. Por último, después de las 3 horas de film con guitarritas griegas de fondo, no sabíamos que aún faltaba el chino para salir del estacionamiento, donde algunos parecieran pensar que la norma es tener el auto del Inspector Gadget, ese que se levantaba y pasaba autos. En el camino de vuelta, ambos callados, pensativos, cansados, Mike rompió el silencio: ¿La volvemos a ver en casa en español cuando esté disponible?

No podría haber sido más homérico. Ni más humano. ¿Y si La Odisea no fuera una historia sobre la guerra de Troya ni sobre un rey que quiere volver a casa, sino sobre algo que vivimos todos, cada día?

 

Inicio de la Odisea de Homero

 

Las historias de siempre

Veintiocho siglos llevan intentando responder esa pregunta. Y lo fascinante es que cada época, cada persona, encuentra una respuesta distinta.

Odiseo tarda diez años en volver a casa, pierde a todos sus hombres y cuando finalmente llega a Ítaca, nadie lo reconoce. Excepto su perro viejo, Argos, que muere en el acto de haberlo visto (un poco raro que un perro viva tanto, pero maldita racionalidad, dejame disfrutar de un mundo mágico con sus propias reglas!). Eso ya lo sabemos.

Mircea Eliade, historiador rumano de las religiones que dedicó su vida a estudiar lo sagrado en todas las culturas, decía que para las sociedades arcaicas un mito era una historia que organizaba el mundo y le daba sentido, un modelo para el comportamiento humano. No en el sentido de que Zeus literalmente lanzara rayos desde el Olimpo, sino en el sentido de que esas historias nombraban verdades sobre la existencia que de otra manera no tenían forma. Explicaban el trueno, el amor, la muerte, lo inexplicable, usando el único lenguaje disponible: la narración. Los mitos griegos probablemente nacieron como una manera de darle forma a lo que no se entendía, y se quedaron porque además describían algo que sí existe, aunque no en el Olimpo sino adentro nuestro.

 

 

Carl Gustav Jung, el psicólogo suizo discípulo de Freud, propuso que en el inconsciente colectivo de la humanidad existen patrones universales que llamó arquetipos: figuras primordiales que se repiten en los sueños, los mitos y las religiones de todos los tiempos y culturas. El héroe, el monstruo, la bruja, el hogar que espera. No son personajes de un poema del siglo VIII antes de Cristo. Son estructuras de la psique humana que Homero supo mapear. En otras palabras, son nuestro inconsciente colectivo. La Odisea es, probablemente, uno de los mapas del alma más antiguos que tenemos.

Y algo que hace a los mitos griegos especialmente ricos como mapas psicológicos es que sus dioses no son perfectos. Son celosos, vengativos, parciales, caprichosos, completamente a imagen de los humanos que los inventaron. Poseidón persigue a Odiseo durante diez años por rencor personal, porque Odiseo le cegó el ojo a su hijo el Cíclope Polifemo. Atenea lo protege porque le cae bien. Zeus interviene cuando le da la gana y mira para otro lado cuando no. En el Olimpo no hay ningún dios omnisciente e imparcial: hay personalidades, egos, favoritismos y disputas que a veces se parecen sospechosamente a las de cualquier familia. Eso no es un defecto de la mitología griega sino su mayor virtud como espejo. Los dioses griegos son hechos a imagen de los humanos, y por eso funcionan tan bien como arquetipos: cuando Poseidón se ofende reconocemos el orgullo herido, cuando Atenea aparece en el momento exacto reconocemos esa voz interior que surge justo cuando más la necesitamos.

 

 

La Odisea nuestra de cada día

James Joyce lo entendió con una radicalidad que todavía asombra. En su novela Ulises (1922), tomó la estructura completa de La Odisea y la superpuso sobre un solo día ordinario en la vida de Leopold Bloom, un agente de publicidad judío en Dublín que no tiene nada de heroico a primera vista y que, sin embargo, vive su propio viaje de Odiseo entre el desayuno y la medianoche. En la novela de Joyce, el episodio del Cíclope transcurre en un bar. Las Sirenas son dos camareras en un restaurante. Calipso es la cama de la que no querés salir a la mañana. El viaje del héroe no requiere guerra ni mar ni monstruos con un solo ojo. Muchas veces requiere un martes cualquiera y un héroe ordinario.

Esto no es para los que estudian mitología clásica. Es para cualquiera que en algún momento se sintió perdido en el mar y no sabía bien dónde quedaba su Ítaca.

 

Tapa de la edición original de Ulysses.
Fuente: www.puntal.com.ar

 

El héroe que no quería ser héroe

Joseph Campbell, el mitólogo estadounidense que pasó décadas comparando los relatos de todas las culturas del planeta, llamó a este patrón el monomito: el viaje del héroe. Un héroe que recibe un llamado, parte hacia lo desconocido, atraviesa pruebas que lo transforman y regresa distinto. La Odisea es su ejemplo más completo.

Pero hay un detalle que suele pasarse por alto. Antes de ser el héroe que trascendió, imperfecto, pero héroe al fin, Odiseo hizo todo lo posible por no ir a Troya. Cuando llegaron a Ítaca a reclamarlo para la guerra, fingió locura. Se disfrazó de campesino, enganchó un buey y un caballo al mismo arado (dos animales que no tienen nada que hacer juntos) y empezó a labrar la arena de la playa sembrando sal en los surcos en lugar de semillas. El general Palamedes, que sospechó del engaño, tomó al bebé Telémaco, hijo de Odiseo, de los brazos de Penélope y lo colocó en la trayectoria del arado. Odiseo desvió bruscamente para no herir a su hijo, y con ese gesto instintivo reveló que estaba perfectamente cuerdo. No había salida. Cualquier similitud con la historia de Salomón es pura coincidencia.

El mito nos muestra que esa resistencia no era cobardía sino amor: acababa de casarse, tenía un hijo recién nacido, y un oráculo le había advertido que si partía tardaría veinte años en volver y perdería a todos sus hombres. El héroe, antes de serlo, es un hombre que preferiría quedarse en casa. Y creo que todas las guerras son absurdas, pero la de Troya lo muestra muy bien: empezó por una manzana de oro y la vanidad de tres diosas.

Antes de seguir, una aclaración. Los mitos tienen una función colectiva — darle forma a lo que no se entiende, crear un lenguaje compartido para el trueno, la muerte, el amor. Pero también tienen una función más personal, casi espiritual: son como un bálsamo al que volvés en distintos momentos de tu vida y cada vez encontrás algo que antes no habías visto. A los 16 años La Odisea puede ser una historia de aventuras. A los 30, el mapa de una crisis. A los 50, la confirmación de que el viaje valió la pena. La historia no cambia. Cambiás vos, y el espejo te muestra algo distinto. Por eso lo que viene es una lectura, no la lectura. La tuya puede ser completamente otra, y probablemente también sea cierta.

 

 

El encuentro de Marte y Venus

En mis clases de astrología con Eugenio Carutti, de la escuela Casa XI en Buenos Aires, aprendí a leer este mito como un mapa de energías interiores. Odiseo representa el arquetipo del guerrero, que a su vez encarna la energía de Marte: la acción, el impulso hacia el mundo exterior, la capacidad de luchar y sobrevivir, el guerrero que parte. Penélope, la damisela que espera, representa la energía de Venus: la intuición, la receptividad, la paciencia que no es resignación sino resistencia activa desde el interior, el centro que sostiene todo mientras afuera el mundo se desmorona. Ella teje de día y desteje de noche para no casarse con ninguno de los pretendientes, y ese acto aparentemente pasivo es un acto de mucha astucia.

Varios autores desarrollaron esta lectura en profundidad, mostrando cómo los dioses y diosas del panteón griego no son figuras externas sino arquetipos que operan dentro de cada persona, patrones energéticos que determinan cómo pensamos, amamos y actuamos. El tema es que nuestro psiquismo a veces compartimenta las energías contrarias, y produce una fragmentación en nuestro ser, en vez de integrarlas armoniosamente. Odiseo y Penélope no son dos esposos separados por un océano. Son dos fuerzas interiores, que consideramos opuestas, pero que necesitan encontrarse e integrarse para lograr el potencial de nuestro ser, y toda la épica es el relato de ese proceso.

Cuando esa fractura existe adentro nuestro, cuando la energía que actúa en el mundo está completamente desconectada de lo que amamos y valoramos en lo profundo, las cosas se complican de maneras que ningún mapa náutico puede resolver. Un Marte sin Venus es exactamente Odiseo perdido en el mar: pura acción sin dirección real, sin propósito interior, sobreviviendo isla por isla sin saber del todo por qué. Con la energía de Venus viniendo de afuera, y de manera que interfiere. Y una Venus sin Marte es Penélope asediada: pura espera sin la capacidad de actuar, sin el guerrero interior que eventualmente llegue a limpiar la casa, con todos los otros guerreros invadiendo en el exterior. El viaje no termina cuando Odiseo pisa Ítaca. Termina cuando esas dos energías finalmente se reconocen entre sí.

 


Las Venus falsas

En el camino, Odiseo se encuentra con tres figuras femeninas que representan versiones distorsionadas de lo que Penélope encarna. Las llamo las Venus falsas: las trampas que nos aparecen en el exterior cuando no interiorizamos y reconocemos esas energías como partes nuestras todavía.

Las Sirenas no seducen con placer sino con algo mucho más peligroso para un hombre curioso e inteligente: ofrecen el conocimiento total, saber todo lo que pasó y todo lo que va a pasar, la omnisciencia como anzuelo. Atarse al mástil no es un acto de cobardía sino la única forma de escuchar la voz que te destruye sin dejarte destruir por ella, y hay algo en esa imagen que me parece completamente contemporánea: cuántas veces en lugar de actuar o crear elegimos consumir información infinita, seguras de que en algún momento del scroll aparecerá la revelación que lo explique todo.

Calipso ofrece la inmortalidad. Una isla perfecta, sin dolor, sin historia, sin pérdida, y Odiseo pasa siete años ahí llorando en la orilla cada atardecer mirando hacia Ítaca. El mito muestra que incluso cuando la trampa es de oro y la comodidad es absoluta, algo en nosotros sabe que no es el hogar real, que quedarse en la perfección estática es una forma elegante de morir en vida.

Circe es la más compleja. La hechicera que convierte hombres en cerdos, que expone la naturaleza animal de quien llega sin conciencia de sí mismo. Odiseo la enfrenta como igual, con respeto y astucia, y eso la transforma de amenaza en aliada, de sombra en maestra. Y hay algo que no puedo dejar de mencionar, sobre todo desde donde vivo: Circe es la hermana de Pasifae, la reina de Creta, la madre del Minotauro. Las dos son hijas de Helios, el dios sol. El mito de La Odisea y los mitos cretenses son literalmente familia (ay, cómo amo la mitología!).

Entonces la pregunta que me quedó flotando al salir del cine es la que te quiero dejar a vos también: ¿cuáles son tus Sirenas? ¿Cuál es tu Calipso, el lugar perfecto y confortable donde te quedaste más tiempo del que tenías que quedarte? ¿Cuál es tu Circe, que castiga tu parte animal sin consciencia de si misma?

 

 

El ego y la hibris

Hay un episodio en La Odisea que me parece una lección muy interesante para estos tiempos actuales. Adentro de la cueva del Cíclope Polifemo, encerrado con sus hombres frente a este gigante caníbal, Odiseo hace algo que para un rey griego orgulloso de su linaje y sus hazañas es casi imposible: deja de ser él. Cuando el gigante le pregunta su nombre, responde con calma: "Mi nombre es Nadie." Y ese truco salva a toda la tripulación, porque cuando Polifemo grita pidiendo ayuda y los otros Cíclopes preguntan quién lo lastima, él responde que Nadie lo hace, y lo dejan solo. La astucia derrota a la fuerza bruta en el único idioma que la fuerza bruta no entiende: el de la humildad.

Pero el mito no termina con el escape perfecto. En cuanto están a salvo en los barcos, alejándose de la costa, Odiseo no puede contenerse y le grita al Cíclope su nombre verdadero, su linaje, sus victorias en Troya. Ese momento de hibris — que para los griegos no era simplemente orgullo sino algo más grave: la transgresión del límite humano, creerse por encima de lo que te corresponde, olvidar que sos mortal, el pecado que consideraban peor que la crueldad o la cobardía — le cuesta diez años más de mar. No fue el monstruo lo que lo condenó, sino su propia arrogancia.

Y entonces está Agamenón. En la película de Nolan, el rey de Micenas aparece casi siempre sin mostrar el rostro, cubierto por una armadura dorada que lo convierte en símbolo antes que en persona. Además lo acompaña una música tenebrosa, transformando por instantes la película en un suspense, como si el temido Darth Vader de Star Wars se hubiera colado en esta épica. Mi lectura es que es la personificación del ego desmedido que manda a otros a morir y se esconde detrás del prestigio. En el Hades, su sombra le dice a Odiseo: yo también volví. Y mi mujer me mató. La diferencia entre los dos no es el destino sino lo que cada uno aprendió en el camino: Odiseo supo convertirse en Nadie cuando hizo falta. Agamenón nunca pudo.

La hibris no es el monstruo externo. Es el grito del ego cuando ya no era necesario.

 

 

Ítaca siempre fue la excusa

Todos somos el héroe de nuestra propia historia. Y todos, en algún momento, tenemos que convertirnos en Nadie para sobrevivir al monstruo que nos toca.

El poeta griego Konstantino Kavafis escribió algo muy apropiado en su poema Ítaca: que cuando emprendas el viaje, esperes que sea largo, lleno de aventuras y de conocimientos, y que cuando llegues te des cuenta de que Ítaca ya te dio lo maravilloso, el viaje en sí; que si la encontrás pobre no es que Ítaca te engañó sino que vos ya sos rico, aunque Ítaca no te pueda dar más nada.

La palabra griega para el anhelo de volver a casa es nostos, y de ahí viene "nostalgia". Pero el nostos de Odiseo, si bien fue el motor de su viaje de 10 años,  no es solo geográfíaco: es la búsqueda del propio centro.

Hay otras lecturas también. El escritor cretense Nikos Kazantzakis, que nació en Heraklion, donde yo busqué el cine aquella noche, pasó nos dio su versión de la Odisea: Odiseo llega a Ítaca, comprueba que el hogar no es como lo recordaba, y vuelve a partir. De nuevo acá, el tema central, no es llegar. Es la importancia de la búsqueda en sí misma.

 

 

De chica, mi abuelo me regaló los libros de mitología griega. Los leí y releí hasta que las tapas se aflojaron, soñando con ese mundo de laberintos, monstruos y ninfas, sin saber entonces que iba a terminar viviendo en la tierra donde nacieron esas historias, que iba a construir mi propia mitología alrededor de ella, ni que iba a analizarlos desde la astrología.

¿Quiénes seríamos sin nuestras odiseas? Campbell diría que el viaje del héroe existe precisamente por sus obstáculos: sin el Cíclope, sin las Sirenas, sin Calipso, sin los monstruos, Odiseo llega a Ítaca siendo el mismo que partió. Los griegos tenían una palabra para esos episodios que nos ponen a prueba: próblema, algo lanzado hacia adelante, un desafío que te forma. No algo negativo a resolver y olvidar, sino algo que te transforma en quien tenés que ser.

El significado moderno de "problema" perdió eso en el camino. La pregunta es si elegimos ver nuestros episodios odiseicos como aventuras que nos forjan o como problemas que ojalá no hubieran pasado. En muchos aspectos, La Odisea lleva veintiocho siglos siendo un simbolismo de nuestra existencia. Cada odisea personal hace que estemos donde estemos hoy. Es el famoso join the dots (Unir los puntos) de Steve Jobs.

¿Y vos? ¿En qué mar estás navegando ahora mismo? ¿Cuál es tu Ítaca, y cuál tu odisea?

 

Un abrazo desde Creta

Flor / Popita 🧜🏽‍♀️🌊

PD: te gustaría que te cuente de algún otro mito?

 



*Muchas de las imágenes de este post fueron creadas con la asistencia de la IA.

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About Popita de Creta

Hola! Soy Flor. Diseñadora, amante de los colores, exploradora incansable, eterna estudiante, aprendiz de astróloga y aspirante a escritora. Podría seguir sumando etiquetas, pero... Acaso no terminan limitándonos? Al final, simplemente somos. Y eso, creo, es lo que realmente importa.

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