Si preferís escuchar el artículo, en vez de leerlo, dale play!
"Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar."
Frase de Eduardo Galeano, citando a Fernando Birri
Habitaciones baratas con vista al mar
Era 1967 y creer que el mundo podía ser distinto no era todavía una frase hecha. Los jóvenes que hablaban de amor y paz se abrían paso no sólo manifestándose contra la guerra de Vietnam, experimentando con drogas y el amor libre, sino también cuestionando las maneras de vivir impuestas por años de capitalismo. Algunos, es verdad, se limitaban a usar una camisola estilo campesina, o una bandana en la cabeza, pero un puñado fueron aún más consecuentes hasta encarnar la añorada utopía.
Matala, al sur de la isla de Creta, se convirtió en uno de los enclaves conquistados por la generación Flower Power.
No había prácticamente nada. Dos almacenes. Una taberna. Una panadería donde el dueño hacía yogur y pan frescos cada mañana. Un almacén general con el único teléfono de todo el pueblo. Eso era todo lo que existía en ese pliegue de la costa sur de Creta antes de que el mundo se enterara de que ahí había cuevas vacías, talladas en piedra arenisca, abiertas al Mar Líbico.
Las cuevas no eran nuevas. Las habían cavado en el neolítico, y los romanos las usaron después como tumbas. Durante siglos no fueron nada más que eso: agujeros en un acantilado, ignorados por el tiempo. Hasta que, a mediados de los 60, empezaron a llegar beatniks primero, después oleadas de jóvenes con el pelo largo y mochilas livianas, que entendieron que esas tumbas vacías eran, en realidad, las habitaciones más baratas con vistas excepcionales al mar.

Cuevas de Matala a fines de los 60s. Fuente: www.messynessychic.com
De día, disfrutaban de la naturaleza y se bañaban desnudos en esa lágrima del mediterráneo. Todas las tardes, cuando el sol empezaba a bajar, salían de las cuevas y se juntaban en las rocas a mirarlo caer en el mar. La vida en comunidad parecía dejar su status de utopía y desplegarse como una realidad concreta. Según las crónicas, había una mujer, le decían la señora de la heladera, vendía Pepsi fría y se reía de las pocas palabras de griego que estos extranjeros lograban aprender.
Imaginarme la noche en la icónica taberna local Mermaid café, me deleita: artistas de todo tipo, nómades que se animaron a vivir de una manera considerada radical por el resto del mundo; que se animaron a un nivel de simpleza y desapego que al menos a mí, en esta vida material, me resulta tan difícil de concebir. Pero… muchas veces lo anhelo.

Mermaid Cafe. Fuente: www.messynessychic.com
Joni Mitchell, reconocida figura musical de la época, estuvo ahí, posta. Llegó a Matala en 1970, escapando de una ruptura dolorosa con Graham Nash, y se instaló en una de las cuevas durante un par de meses.
Pero el Walk of Fame del lugar es más extenso y es parte de su mística. Se dice que Bob Dylan vivió ahí. Que Janis Joplin tomó raki en el Mermaids. Que Cat Stevens y Joan Baez pasaron temporadas en las cuevas. La leyenda creció con los años, se infló, se volvió parte del souvenir.

Fragmento de Carey, de Joni Mitchell. Traducción: «Pero no hablemos de despedidas ahora / La noche es un cúpula estrellada / Y están tocando ese rock and roll rasposo / Bajo la luna de Matala».
When the music is over
Creo que me convoca tanto la historia de Matala porque fui joven en los 2000. Algunos, como yo, recordarán la fascinante película de La Playa. Era de mis preferidas, y nos regaló la fantasía hippy a una nueva generación de jóvenes, actualizada al fin de siglo. En la película, Richard (Leonardo Di Caprio) encuentra un mapa secreto para llegar a una isla mística aislada del turismo de masas.
En 1970, Matala era exactamente eso: un punto remoto en el mapa de Creta que solo se conocía de boca en boca entre viajeros alternativos. Al igual que el campamento liderado por Sal (Tilda Swinton) en la película, las cuevas de Matala tenían su propia microsociedad con códigos de convivencia basados en la libertad absoluta, el nudismo, el desapego material y la desconexión total del sistema occidental.

Fotograma de la película La Playa (2000)
En la película, el secreto se filtra, llega el turismo masivo y la comunidad colapsa de forma violenta. El estreno del film también provocó un desastre ecológico en la verdadera playa en Tailandia, Maya Bay, donde se filmó. En Matala ocurrió algo similar: la atención mediática internacional atrajo a demasiada gente, lo que provocó que el gobierno militar y la iglesia ortodoxa intervinieran para desalojarlos. Los consideraban una influencia subversiva y contraria a la moral. Luego, convirtieron el paraíso en una atracción turística protegida. Los que vivían ahí se dispersaron — a Preveli, a Plakias, a Paleochora, a la isla de Ios, y a un lugar llamado Lentas, del que voy a hablar en un momento.
En esto pienso cada vez que veo en IG alguna publicación del tipo: "No vayas a Santorini, andá a X, donde se vive la autentica Grecia, lejos del turismo".

Fragmento de Big Yellow Taxi de Joni Mitchell. Traducción: «Pavimentaron el paraíso y pusieron un estacionamiento / con un hotel rosa, una boutique y un lugar de moda»
Tour por Matala
Hoy, Matala tiene mucha vida. Se promociona como pueblo hippy, y ni bien llegar, por si te quedaban dudas de su diferencial, te topás con un Volkswagen Beetle negro pintado con coloridas flores. Una cajita cuelga de uno de sus laterales, aceptando donativos a cambio de la foto. Y de fondo, claro, un cajero automático ATM.

Te vas internando en sus callecitas, y con un poco de desconfianza vas tratando de entender si el pueblo se basa en estrategias cazaturistas o si de verdad aún se respiran ideales de otro tiempo. Pero como todo en este mundo híbrido y complejo que transitamos, ¿quién podría arriesgar una confirmación de cualquiera de las dos opciones? Las tabernas locales están salpicadas de negocios de infinitas y uniformadas artesanías made in China, atestados de ropa sintética, de remeras con el símbolo de la paz. Pero el observador atento, puede ir descubriendo entre tanto ruido, algún diminuto localcito, donde cuando te asomás ves en el fondo a una mujer con unas amplias babuchas naranjas, camisola de colores y pelo largo canoso, totalmente ajena al gentío exterior, y concentrada en la creación de una pieza de joyería.

Seguís caminando por el pueblo, siguiendo sus coloridas calles, que están pintadas con murales horizontales. Peace, love, stop war, y otros lemas hippies, mezclados con otros diseños más actuales, te van conduciendo al corazón del pueblo: una pequeña plaza rodeada de locales, donde bajo una glorieta cubierta por enredaderas y vid, un artista rasga una guitarra y embellece la atmósfera al ritmo de un himno nostálgico.

El camino arcoíris te lleva hasta el extremo del pueblo, una especie de pasarela que balconea al mar. A tu izquierda, restaurantes y bares encallados en la roca. Llegamos a la punta, y podemos tener una visual privilegiada. El último es un restaurante italiano, la Scala, de buen nivel y considerable precio. En su pared, inmortaliza el lema de Matala: "Life is today, tomorrow never comes". Desde ahí, podemos ver la pequeña bahía de arena, llena de turistas de verano, bañada por el profundo y cristalino mar de Libia, y al frente, para terminar de proteger la bahía, un murallón natural color sepia, que pareciera ir hundiéndose en el mar. Escuchás gritos, afinás la mirada, y ves personas diminutas tirándose al mar desde una salida de la roca. Y ahí también las ves a ellas… ahí están las cuevas.
Lo transfigurado y lo que sobrevive
Pero nadie va a dormir en una cueva esta noche. Las cuevas están cerradas, protegidas por el Servicio Arqueológico, y se paga entrada para subir a mirarlas.
Hace unas semanas estuve en Matala, pintando una calle, uno de sus murales horizontales. El Matala Street Painting es un evento que se hace una vez al año, donde cualquiera puede agarrar un pincel y dejar su diseño en el asfalto del pueblo. Quedará ahí, pisado por miles de pies, hasta que llegue el verano siguiente y alguien más lo pinte encima. Fui con Mike, con una amiga y sus hijos.

A nuestro lado, agachados con el mismo pincel en la mano, había hippies viejos, de los de verdad. Gente que probablemente estuvo ahí en los 70, o que llegó después pero igual se quedó toda la vida. Pintaban flores, signos de paz, espirales de colores. La misma estética de hace sesenta años, repetida con manos que ahora tiemblan un poco más. El evento es gratis, pero el resto de la experiencia, como los restaurantes, tiene un precio que ningún hippie de 1967 hubiera podido pagar con lo que llevaba en la mochila.



Los últimos refugios
Si salimos de los circuitos turísticos, aún podemos encontrar auténticos refugios hippies. Al menos hasta que alguna influencer los ponga de moda. A una hora de Matala está Lentas, y específicamente la playa de Dytikos, que algunos llaman Dyskos. Ahí sí se permite el camping silvestre y el nudismo, prohibidos en la playa principal del pueblo. Es, en cierto sentido, el verdadero heredero de Matala en Creta — el lugar donde fueron a parar quienes no encontraron espacio en el mito ya comercializado, y siguieron intentando vivir la cosa real un poco más al sur, un poco más lejos del ruido.
Y más al sur todavía, cayéndose de Europa, donde los vientos rojos saharianos no tienen piedad, está Gavdos. Una isla chiquita en el Mar Líbico, a 17 millas náuticas de la costa de Creta (aproximadamente. 2 hs en ferry), que tiene el honor de ser el punto más austral de todo el continente europeo. La leyenda — otra vez la leyenda — dice que es la Ogygia de Homero, la isla donde Calypso tuvo cautivo a Odiseo durante siete años prometiéndole la inmortalidad. Que sea cierto o no importa menos que el hecho de que el lugar lo hace creíble: playas de arena, bosques de cedros y pinos, y una sensación de estar en el fin del mundo conocido que Homero, si hubiera estado ahí, no habría desperdiciado.

Odiseo y Calypso en las cuevas de Ogygia. Pintura de Jan Brueghel the Elder (1568–1625)
Hoy, en la playa de Agios Giannis de Gavdos, hay una colonia hippie permanente. Rastafaris y naturalistas que vienen a vivir durante meses o años, buscando exactamente lo mismo que se buscaba en Matala en los 60. Y hay una comunidad que los locales llaman simplemente "los rusos". Un grupo de científicos liderados por un físico nuclear, que habían estado expuestos a la radiación de Chernobyl, decidieron huir de la sociedad industrial. Buscaron el lugar más puro, aislado y magnético de Europa para sanarse y fundar una comuna filosófica basada en el pitagorismo y la búsqueda de la inmortalidad espiritual. En el Cabo Tripiti, el punto exacto más austral del continente, este grupo construyó e instaló una silla gigante de madera sobre una formación rocosa. Mira hacia el norte, hacia el resto de Europa. Como diciéndole algo. El mensaje no murió. Se mudó un poco más lejos de las cámaras. Como siempre. Igual, toco de oído, porque todavía no fui, pero está en mi lista de pendientes de Grecia.

Silla de Tripiti - Fuente: seazetheday.gr
No es casualidad que Ibiza, que vivió una historia casi idéntica a la de Matala, también haya terminado erigiendo un monumento de bronce a sus propios hippies en el puerto: un padre de pelo largo caminando junto a su pequeña hija, con un mapa del mundo a sus pies marcando San Francisco, Ámsterdam, Katmandú, Goa, Ibiza. Las mismas cinco coordenadas de una utopía que se intentó en paralelo, en distintos rincones del planeta, casi al mismo tiempo. Hoy en Ibiza también podés comprar el souvenir del mensaje en un mercado hippie con cientos de puestos. O ir a la fiesta Flower Power un sábado a la noche en plena temporada estival en la famosa disco Pacha.

Estatua Hippy en Ibiza - Fuente: ibizalovers.es
Pero el caso de Aleš Bleha muestra que el mensaje también se puede vivir de verdad, incluso hoy. Era un DJ y productor checo que en los 90 se codeó con Carl Cox y acumuló discos de oro en el circuito europeo del techno. En 2013 le cancelaron los festivales y le diagnosticaron un sarcoma de sangre. Vino a Ibiza, lo trataron en el hospital local, se curó. Lo echaron de un alquiler a los dos meses. Y encontró una cueva. Vivió en los acantilados de Punta Galera desde 2014: con varios gatos y el Mediterráneo como jardín, limpiando la playa por las mañanas, cocinando a leña, leyendo el tarot a quien llegaba buscando "la auténtica Ibiza espiritual".
A principios de 2026, un video suyo viviendo en la cueva se volvió viral. Las autoridades lo vieron. Lo desalojaron en febrero. El ayuntamiento limpió la cueva en marzo. Aunque uno quiera escapar del sistema, el sistema te encuentra. Hoy, a veces, te encuentra a través de Instagram.
Matala, 1971. Ibiza, 2026. El guión es el mismo.

Aleš Bleha en la cueva de Ibiza. Fuente: Pardubi.cz
Y sin embargo, no siempre es tan nítido. A pocos kilómetros de ahí, en el monte, hay todavía gente joven viviendo en casas tomadas, sin agua ni electricidad, alimentándose de lo que rescatan de los contenedores de los supermercados. No es una elección del todo. Porque en la Ibiza contemporánea, la gentrificación disparó los alquileres hasta hacer imposible vivir en la isla para mucha gente local. El paraíso hippie se convirtió en refugio de millonarios, y las cuevas que en los 70 eran un acto de rebeldía hoy son, para algunos, la única opción que el sistema dejó. La diferencia entre el idealista y el desplazado, a veces, es solo el año en que nacieron.
¿Vagos o idealistas? ¿O excluídos?
Y sin embargo, hay lugares que llevan décadas resistiendo sin que nadie los desaloje todavía. En Copenhague, Christiania sigue siendo una comuna autogestionada desde 1971. Todavía en pie, definiendo como ciudad libre, y todavía discutiendo entre sus propios vecinos qué significa vivir distinto.

Christiania en Copenhague - Fuente: blog.vueling.com
El lado B
De todas maneras, el hipismo, como todo, tiene su lado B.
El escritor francés René Barjavel, en su brillante libro Los caminos a Katmandú, nos da un panorama de los distintos escenarios de aquellos años: el hipismo, el mundo fashion, los intelectuales del mayo francés, y los revolucionarios, entre otros. En cuanto al hipismo, habla de fracaso humano. Cuenta la historia de jóvenes que salieron a buscar algo sublime —una vuelta a lo esencial, una huida de Occidente— y muchos de ellos se perdieron en el camino. Literalmente. Las drogas que prometían expandir la conciencia terminaron, para muchos, vaciándola del todo. Barjavel los describe sin romanticismo: jóvenes con los ojos apagados, adorando a dioses extranjeros, sentados en los escalones de los templos de Katmandú, con la mano extendida. Ya no buscaban el nirvana. Buscaban la próxima dosis, legal en ese país. El mensaje era hermoso. La ejecución, muchas veces, fue una catástrofe romantizada.
A eso se suma una crítica de otro tipo, más estructural. El investigador cultural estadounidense Thomas Frank, en The Conquest of Cool, señala que la rebeldía y el mercado nunca estuvieron realmente separados: antes de que los hippies existieran como movimiento masivo, ya había publicistas en Madison Avenue vendiendo la idea de romper las reglas, de ser distinto. Cuando llegaron los hippies, hablaban, sin saberlo, el mismo idioma que el marketing ya estaba usando. El Volkswagen Beetle floreado con el cajero automático detrás no es una traición posterior al mensaje. Es casi su consecuencia lógica. Aunque quizás la pregunta no es si el deseo era auténtico — lo era, se sentía en los huesos de toda una generación — sino si algo genuino puede sobrevivir a un mundo que ya sabe cómo embotellar lo que la gente siente.

Comercial de Pepsi de la época Hippy - Fuente: www.messynessychic.com
Durante su estancia en Matala, Joni Mitchell escribió "Carey", una de las canciones más hermosas de su disco Blue. Es una canción de despedida, que le escribe a su novio que conoció en el pueblo. Joni amaba la comunidad de Matala, pero extrañaba las comodidades del mundo moderno. Cantaba: "Mis uñas están sucias, tengo alquitrán de playa en los pies, y extraño mis limpias sábanas y mi elegante colonia francesa" (Tema aparte el del alquitrán en la playa, aún en ese retazo de paraíso natural y en aquella época). Años después, en una entrevista, Joni confesó que ahí todos estaban "un poco locos, queriendo andar casi desnudos y usando taparrabos como si vivieran en la Edad de Piedra". Su biógrafo escribió que ella estaba, en sus propias palabras, "jugando a ser hippie" en la cueva.
Me detengo en esa frase porque me parece que ahí, sin querer, Joni Mitchell hizo la pregunta más interesante de todas. ¿Qué buscaban exactamente, esos chicos del pelo largo que cruzaron medio mundo para vivir en tumbas vacías frente al mar? ¿Vivir sin reglas? ¿O algo más profundo… existir de verdad, por una vez, sin la mediación de un rol, de un trabajo, de una identidad que otros habían diseñado para ellos?

Fragmento de Carey de Joni Mitchell. Traducción: "Tengo las uñas sucias,me quedó alquitrán de la playa en los pies,y extraño mi lino blanco y limpioy mi fina colonia francesa."
Matala Beach Festival
Esa pregunta me acompañó al festival.
En junio, al igual que el año pasado, fui al Matala Beach Festival: música en vivo, en la playa y en el pueblo, también gratis como el evento de Street Painting. Es un gran revival hippie. No te lo puedo confirmar, pero incluso ahora escribiendo esto, se me eriza la piel, por la sensación de que los mismos hippies que vivieron ahí en los 70, vuelven cada año para este festival, desde distintas partes del mundo. Estábamos con Mike escuchando a una banda tributo a Queen, con la arena que se colaba entre los dedos de mis pies descalzos cada vez que los movía al son de mis temas preferidos. El lugar es exactamente el mismo de Joni Mitchell. La arena, el atardecer sobre el mar, la curva de la bahía, el islote en frente, la humedad salada... todo eso no cambió ni un centímetro desde 1967. Aunque mucho de lo demás está completamente transfigurado.
Una luna llena enorme empezaba a observarnos mientras en el horizonte aún quedaban pinceladas naranjas, resistiéndose, fulgurantes, a la oscuridad. Miraba a mi alrededor… y veía muchas personas con pelo blanco, largo. Pero no veía viejos. Veía jóvenes idealistas, valores perennes en lo único perecedero, su packaging.

En el Matala Beach Festival
A mi lado había una mujer de unos setenta años, con el pelo blanco suelto hasta la cintura y una túnica de lino con bordados hechos a mano en el borde. Ausente de logos, sin tendencia ni temporada. No estaba siguiendo nada — estaba siendo algo. Me olvidé de mi pelea actual con el sistema de la moda, y recordé por qué aquella chica de 16 años soñaba con ser diseñadora cuando dibujaba looks en un cuaderno escondido abajo del banco de la secundaria, mientras de fondo se escuchaban las clases de sus profesores.
Esos hippies que me rodeaban en el festival, que probablemente se adaptaron a la vida moderna, debieron encajar, pero estaba claro que no habían vendido su alma. El brillo de su espíritu se escapaba por sus chispeantes ojos y sus movimientos libres, pero también la manera de adornar su "packaging" me transmitía su ser, su esencia. No seguían modas, no vestían de afuera para adentro, su interioridad se expresaba a través de todo lo que vestían. Eran… auténticos y libres. Y quizás, cerraban sus ojos, y aún estaban allí, en la Matala de su utopía.
Y también me preguntaba… ¿Cuántos años más tendremos hippies originales de los 70 antes de que se extingan?

La vida es hoy, el mañana nunca llega
Arcadia
La utopía de la vida perfecta en comunidad es un arquetipo que se pone muchas máscaras como la de Matala, Ibiza, Shangri-La, la Playa. Pero podemos ir a una más antigua: Arcadia. En la mitología griega Arcadia representa el ideal supremo de la vida idílica en comunión con la naturaleza, libre de las corrupciones de la civilización. En los mitos, era una región montañosa real del Peloponeso, pero poéticamente describía el reino de Pan, el dios de la naturaleza, los pastores y la música rústica. Sus habitantes vivían de forma pacífica, sencilla y pastoril. No conocían la codicia, el dinero ni las leyes opresivas del progreso humano. Al igual que los hippies del Mermaid Café, los habitantes de la Arcadia mitológica pasaban el tiempo tocando la flauta, cantando y celebrando la libertad sensual en los bosques.
Cada época tiene su utopía. El sociólogo húngaro Mannheim hablaría en términos de ideología — la conservación del orden establecido ocultando las desigualdades existentes — vs la utopía, conformada por las ideas que buscan destruir el orden actual para transformar radicalmente la sociedad. En realidad, al abordar estos conceptos, sus actores son las clases sociales: la dominante y la oprimida. Pero ¿podemos decir esto de los hippies, que en su mayoría eran de clases acomodadas? No creo que Mannheim se enojara si descubriera que cambio a esos actores por el de las generaciones, otro de sus conceptos de estudio. El cambio social existe porque las generaciones se reemplazan: cada nueva generación irrumpe como nuevos portadores de cultura, refrescando las ideas.

Happy Arcadia (1890), del pintor ruso Konstantin Makovsky.
Jóvenes flacos comunistas, viejos gordos capitalistas
Y como se dice, todos somos flacos comunistas de jóvenes, y gordos capitalistas de viejos. Pero en ese festival de Matala, con la luna llena encima, esa frase me parecía demasiado fácil. Una coartada. Una manera de darle nombre a la rendición y hacerla parecer inevitable.
Hay una película alemana de 2004, Los Educadores (Die Fetten Jahre sind vorbei), que captura esto con precisión. Tres jóvenes irrumpen en las mansiones de los ricos cuando están de vacaciones — no roban nada, solo reorganizan los muebles y dejan una nota: "Los años de la abundancia han terminado". Hasta que un día los descubren y tienen que secuestrar al dueño de casa, un empresario millonario. Y en la cabaña donde están escondidos, en esa conversación forzada que termina siendo inesperadamente honesta, descubren que de joven ese hombre también fue hippie. Que también llevaba el pelo largo, que soñó con otro mundo. Hasta que un día quiso formar una familia, después quiso mandar a su hijo a una buena escuela. Más tarde, comprarse un auto con aire acondicionado. Y de a poco, casi sin darse cuenta, el sistema lo había domesticado.
Lo veo yo misma en mi generación, la millennial. ¿Cuántos soñábamos con una vida más libre y auténtica? Para darnos cuenta alrededor de los 40 que vivimos agotados, mucho más adaptados al sistema de lo que nos gustaría pensar, persiguiendo ideas de éxito que están oxidadas. Y con una diferencia clave con los hippies: nuestra utopía nunca propuso salir del sistema en bloque. Era más negociada, más tibia. No "rechazo el consumo" sino "consumo con conciencia". El mercado nos absorbió casi sin fricción.

La casita en la sierras
Muchas veces me cruzo con gente que sueña con otra forma de vida. Viviendo en Buenos Aires, cuando era más chica, eran muchos los porteños de más de 40 años que, al escuchar mi acento, me confesaban esa fantasía colectiva: tirar todo e irse a vivir a las Sierras. Pero la mayoría se queda soñándola. Es una utopía linda para mencionar en una cena, o en la charla con una pasajera de taxi que habla con la X marcada, no algo que de verdad se prueba.
Los hippies de Matala, de Ibiza, de Christiania y de tantos otros lugares, la probaron. Con todos los costos que eso tuvo, con todo lo que salió mal, se animaron a vivir algo parecido a lo que decían creer. Y ese anhelo de menos velocidad, menos mediación entre el cuerpo y el mundo, no envejeció. Quizás hasta se hizo más urgente, considerando las velocidades, la saturación de todo y el bombardeo informativo de hoy. Lo que cambió es quién se anima a intentarlo, y cómo.
A algunos les dura lo que les dura la juventud, y luego se dejan domesticar por los deberes de la madurez, dándole la espalda a sus ideales, obligados a tomarlos como locuras de jóvenes. Otros se han puesto esa máscara de adaptación, pero han encontrado la manera de volver a darle cauce a esos valores escondidos inyectando una cuota de ellos en todo lo que hacen, aunque sea de manera secreta.
Pero siempre hay personas que suman canas, pero no óxido. Que siguen soñando. Que siguen intentando una vida distinta a la establecida. Que no les importa que les digan que son soñadores, o que ya están viejos. Algunos crean grandes cosas (¡e incluso te las venden!). Pero la mayoría son anónimos. Creo que me crucé a muchos de ellos en ese festival de Matala. No cambiaron el mundo, pero a mí me cambiaron al verlos.

Give Peace a chance
Durante el mundial de fútbol de este año, me tomó por sorpresa la cantidad de odio hacia Argentina, amplificado por las redes. Me hace pensar en lo contagioso que es el hate. Como si la sociedad estuviera ávida de odiar, buscando al próximo destinatario. Un fósforo que cae en paja seca. Y cuántas veces sin querer, yo también me sumé a esa ola. Pero cuando te toca estar del otro lado, las cosas se ven distintas.
El mundial siempre habla de nosotros y los otros. Divisiones. Los hippies defendían algo muy simple y muy difícil a la vez: que podía existir un nosotros más grande que las banderas. Que el amor y el respeto entre personas de distintos lugares no eran ingenuidades sino elecciones. Sesenta años después, en la era de las redes y los comentarios anónimos, ese mensaje no caducó. Sigue siendo radical y necesario. Me pregunto, ¿quiénes son los que encarnan ese mensaje hoy?
Porque el mensaje sobrevive. Lo que cambia, generación tras generación, es quién se anima a encarnarlo y quién se conforma con llevarlo puesto.
Celebro a los jóvenes y las utopías. Espero que aún el día que tenga todo el cabello blanco, no me horrorice por los sueños locos de las generaciones más noveles, sino que por el contrario, las festeje, porque sé que son los que pueden cambiar el mundo.
Y mientras… intento mantener viva a esa Flor de 16 años que dibujaba looks en un cuaderno escondido abajo del banco de la secundaria, — esa que todavía no sabía que iba a terminar viviendo en Creta, ni que iba a escribir sobre hippies bajo la luna llena. Como una llama sagrada que avivo con vientos frescos, y protejo de los contenedores herméticos que la van a dejar sin oxígeno. Rescatando mis propias utopías mientras navego las olas de la madurez.
Y como siempre, quiero saber de vos. ¿Te acordás qué soñabas cuando eras “flaco comunista”? ¿Sentís que hay algún sueño que abandonaste por considerarlo (o porque te dijeron) que era muy utópico, o que ya estabas viejo para eso? ¿O incluso, tenés alguno que aún defendés?
Un abrazo desde Creta
Flor / Popita 🧜🏽♀️🌊


Bella Flor, hermoso tener esta información y tu reflexión brillante. Tan capaz, tanto para transmitir.
No conocía esto de Mátala en Grecia.
Si siento que pertenezco a la generación posterior a este movimiento. Sin embargo, siento que tuvo mucha influencia en mi adolescencia pero el proceso militar que se vivió en Argentina trunco esos ideales.
Creo que en general los jóvenes buscaron diferenciarse siempre de la generación de sus padres. San Francisco de Asis, hijo de comerciantes de telas en 1300, el joven marinero inglés de la novela de Daniel Defoe (Robinson Crusoe).
No me gusta llamar vagos, son elecciones, posibilidades, circustancias de la vida.
Las drogas , cualquiera, vacian la conciencia y apaga a jóvenes y adultos.
Pienso que hay una etapa para todo.
Las generaciones se reemplazan refrescando las ideas.
Utopías? Por que no, moriría si no las tu iera.
Besos bella y gracias.